origen e historia de Italia

Italia es un país que cuenta con una dilatada historia, pasando por el Imperio Romano. Ha sido un territorio conquistador y creador de todo un imperio, pero también ha sido conquistado por varias civilizaciones. En CurioSfera-Historia.com, te explicamos la historia de Italia, su origen, y también todos los períodos y etapas de su existencia.

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Origen de Italia

Para conocer el origen de Italia, primero es necesario comprender cómo es su situación geográfica.

Italia se abre al Mediterráneo desde el arco alpino. A ambos lados, mares históricos, el Tirreno y el Adriático, que fueron antaño el trampolín de ricas repúblicas renacentistas, como Génova y Venecia.

Limita al oeste con Francia, al norte con Suiza y Austria, y al noreste con Eslovenia. Está constituida por la península Itálica, la llanura del Po, las alineaciones meridionales de los Alpes y las islas de Cerdeña y Sicilia.

Origen de Italia

Italia es la heredera de la tradición clásica, cuna del arte europeo, centro emisor de las doctrinas humanistas, que tienen al ser humano como eje de su pensamiento, Italia entera es una obra de arte.

Son admirables las regiones norteñas, que despliegan sus lagos color zafiro por entre las montañas, verdes y blancas, las llanuras centrales, de rica agricultura, el agreste sur siciliano, donde pinos y olivos emergen del mismo corazón de las rocas.

Pero más admirables son aún las obras del hombre. El gótico milanés y el clásico de Roma, los palacios de los dux, el arte de Miguel Ángel, Leonardo, Verdi y Puccini. Pero también la música popular, la gastronomía y los vinos, que desde un vino marsala, que hacía las delicias del romano Petronio, hasta un vino chianti llenan de luz y sabor las mesas de todo el mundo.

  • Continente: Europa.
  • Superficie: 301.338 km2.
  • Capital: Roma.
  • Población: 60.520.214 habitantes.
  • Moneda: Euro.
  • Lengua oficial: italiano.

Prehistoria y Antigüedad

Poblada desde el paleolítico, las culturas neolíticas alcanzaron especial importancia en el sur, en relación con los focos del Mediterráneo oriental. Durante la Edad del Bronce destacó en el valle del Po la civilización de los terminares, aldeas construidas sobre un suelo artificial.

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Edificación prehistórica en Italia

En esta época debieron de producirse las primeras inmigraciones indoeuropeas, que en oleadas sucesivas fueron extendiéndose por la península.

El hierro apareció con la cultura de Villanova, en el norte, la cual se desarrolló en el período inmediatamente precedente a la llegada de griegos y etruscos, hecho esencial para el desenvolvimiento de la Italia antigua, que entró así en estrecho contacto con las formas culturales de Grecia y Oriente.

Los griegos fundaron numerosas colonias en las costas meridionales de la península y del este de Sicilia (desde el siglo VIII a. C. al siglo VII a. C).

Al mismo tiempo los etruscos, procedentes probablemente de Asia Menor, se establecieron en Toscana y extendieron después sus dominios hasta el valle del Po y la Campania (desde el siglo VIII a. C al siglo V a. C).

Imperio Romano

Durante un milenio (desde el siglo V a. C. al siglo V), la historia de Italia se confunde con la de historia de Roma y su Imperio.

En una primera fase, y una vez expulsados los reyes etruscos, el impulso expansivo de la ciudad de Roma consiguió, tras lar­gas luchas con los demás pueblos italianos, la conquista de la península (desde el siglo V a. C. al siglo III a. C.).

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Mapa del Imperio Romano

La intervención en el Adriático y el conflicto con Cartago lanzaron después a los romanos a conseguir la hegemonía del Mediterráneo.

El domi­nio de este mar hizo necesaria la anexión de todos los países costeros, y su consolidación condujo a la formación de un imperio que se extendió, en definitiva, de Inglaterra al Eufrates y del Sahara al Danubio (desde el siglo III a. C. al siglo II).

La capital del Imperio Romano fue la ciudad de Roma. En ella se estableció el poder del César y del Senado. Se construyeron geniales edificaciones como el Coliseo de Roma o el majestuoso Panteón romano.

A partir de mediados del siglo II el Imperio Romano inició una etapa de estancamiento, y su política exterior se convirtió en defensiva, especialmente a lo largo de la frontera septentrional, donde los pueblos germánicos presionaban en busca de nuevas tierras. El esfuerzo de restauración realizado por Díocleciano al introducir la colegialidad en el poder y una nueva división territorial resultó poco efectivo.

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Ostrogodos y lombardos

Ayudadas por estas dificultades interiores, grandes masas de germanos se infiltraron en el Imperio y absorbieron, como federados o mercenarios, su fuerza militar. En el año 476 Odoacro, jefe de los hérulos, depuso a Rómulo Augústulo y, tras enviar a Bizancio las insignias imperiales, fundó el reino romano-bár­baro.

La existencia de éste se prolongó hasta que Teodorico, caudillo de los ostrogodos, con el título de magister militum de Italia que le concedió el emperador de Oriente Zenón, venció a Odoacro (488) y le asesinó (493).

Teodorico se proclamó rey (493-526) y fundó el reino ostrogodo. Su política interna, enca­minada a fusionar los dos pueblos, fracasó, pero se esforzó por restaurar la civilización romana; en el exterior, consiguió apo­derarse de Provenza, Carintia, Istria y Tírol.

A su muerte, Justiniano comenzó la reconquista imperial (535-553) y, vencidos los últimos reyes ostrogodos por sus generales, Italia cayó en manos de Bizancio. En 568 los lombardos, dirigidos por Alboíno, ocuparon la mayor parte de la península, y los dominios bizantinos quedaron reducidos al litoral (Venecia, Génova).

La atomización de Italia se agudizó con la formación de los duca­dos de Benevento y de Espoleto y la de los Estados Pontificios. El Papado, amenazado por los lombardos, llamó en su auxilio a los francos de Pipino el Breve (753) y Carlomagno (773).

Etapa carolingia

La derrota de Desiderio en 774 marcó el comienzo de la etapa carolingia, durante la cual los francos dominaron en toda Italia, excepto en el ducado lombardo de Benevento y en las posesiones bizantinas.

En el transcurso de la dominación caro­lingia nuevas invasiones asolaron Italia: los normandos, los húngaros y los musulmanes (inicio de la conquista de Sicilia en 827, ocupación de Barí en 840 y saqueo de Roma en 846).

A partir de Lotario, nieto de Carlomagno, el poder se fragmen­tó entre las ciudades, los nobles y los obispos, sin otro intento unificador que el de Luis II (855-875); los dos últimos emperadores, Carlos el Calvo y Carlos el Gordo, no intentaron ya defender la unidad, y Luis el Tartamudo cedió la dignidad imperial a la rama germánica de los carolingios.

Sacro Imperio Romano Germánico

Una serie de monarcas de efímera huella histórica prepararon la llegada del Sacro Imperio Romano Germánico en la persona de Otón I de Alemania, quien acudió a Italia, donde fue coronado por el papa Juan XII. Esta renovación del poder imperial coincidió con un resurgimiento del gran comercio y. como consecuencia, del municipio.

historia imperio sacro romano-germánico
Mapa del Imperio romano-germánico

Pisa, Génova y Venecia intentaron monopolizar el comercio con Oriente. En el interior, Pavía enlazó con los centros comerciales del Norte; Ravena y Milán iniciaron una etapa de desarrollo.

Desde el siglo XI se operó un cambio en la estructura del gobierno ciudadano: los mercaderes se impusieron, apoyados por la pequeña nobleza y los obispos.Sólo Venecia conservó su gobierno aristocrático.

Todas estas ciudades estallaron con luchas entre los güelfos, par­tidarios del Papa, y los gibelinos, partidarios del emperador, y el enfrentamiento de los dos poderes dio lugar a la guerra de las Investiduras.

En el sur, los normandos expulsaron a los bizantinos y arrebataron Sicilia de manos de los árabes; en 1130 se encontraba ya constituida la monarquía normanda de Sicilia.

El régimen comunal, de afirmación de las libertades municipales, chocó contra las aspiraciones del emperador Federico Barbarroja (1152-90), quien atacó a las ciudades lom­bardas y las obligó a jurar el respeto a sus regalías (1158).

Pero en 1164 Verona, Venecia, Vicenza y Padua, apoyadas por Ale­jandro III, constituyeron la Liga Lombarda y derrotaron al emperador en Legnano (1176); la paz de Constanza (1183) selló el reconocimiento de las libertades municipales.

A pesar de su derrota, Federico, al casar a su hijo Enrique VI con Cons­tanza (heredera del reino normando de las Dos Sicilias), envol­vió al Papado y a las ciudades italianas por el norte y el sur y Federi­co II (1220-50) reanudó la lucha contra el Papado y venció a la Liga Lombarda en Cortenuova.

En este tercer período de lucha entre el Papado y el Imperio se dirimió, de hecho, el dominio de la Italia meridional. La muerte de Federico II dio un nuevo impulso al movimiento comunal, pero las agitaciones sociales que se produjeron en varias ciudades provocaron la aparición de dictadores, y se constituyeron verdaderas dinastías oligár­quicas:

  • Ezzelino, en Padua.
  • en Brescia.
  • Este, en Ferrara.
  • Orsini y Colonna, en los Estados Pontificios.

El reino de Sicilia pasó a manos de Conrado IV, a quien sucedió Manfredo (hijo bastardo de Federico II). Este intervino en Piamonte, Cerdeña, Lombardía, Toscana y el ducado de Espoleto en auxilio de los gibelinos.

Ante el peligro que representaba, Urbano IV cedió los dominios del sur de Italia y Sicilia a Carlos de Anjou. Manfredo fue derrotado y muerto en Benevento (1266), y Carlos se erigió en jefe de los güelfos.

Aunque logró dominar gran parte de Italia, su hegemonía provocó una reac­ción en toda la península.

Los sicilianos (“Vísperas sicilianas”) llamaron a Pedro III de Aragón (esposo de Constanza, nieta de Federico II), el cual se apoderó de la isla en 1282. Genova y Montferrato derrotaron a las tropas de Carlos de Anjou, mien­tras Milán se deshacía de su tutela.

Renacimiento en Italia

Durante los siglos XIV y XV la expansión comercial iniciada por las ciudades italianas en el siglo XI alcanzó su máximo desarrollo. Venecia, Génova, Florencia y Milán, enriquecidas con el gran comercio, se convirtieron en las plazas bancarias que financiaban las principales cortes de Europa.

historia del Renacimiento en Italia
Mapa de Italia en el siglo XV

A pesar de este auge económico y cultural, continuó la fragmentación política, pues, al lado del reino de Nápoles, los Estados Pontifi­cios, Florencia, Génova, Milán y Venecia, subsistieron infini­dad de pequeños Estados. Lo que comportó una extraordinaria debilidad e incapacitó a Italia para oponerse victoriosamente a los proyectos hegemónicos sobre ella de otros Estados europeos que disponían de organizaciones mucho más sólidas.

Esto, unido al desplazamiento del centro económico del Medi­terráneo al Atlántico, consecuencia de los grandes descubrimientos geográficos, favoreció las apetencias de Francia y España sobre la península Itálica a comienzos del siglo XVI. Después de medio siglo de luchas, España impuso su hegemonía por completo sobre Italia.

Italia en la Edad Moderna

A las corrientes culturales e ideológicas laicas y liberalizan­tes, heredadas del Renacimiento, sucedió, bajo el dominio español, una época de reacción, cuyo comienzo señaló (1542) la reorganización de la Inquisición romana.

Sin embargo, se mantuvo aún la brillantez cultural y social de la época anterior, aunque ya no estaba afirmada en una sólida economía; Vene­cia, ante la competencia de holandeses e ingleses, había perdido su hegemonía marítima en el Mediterráneo, y Génova sus posesiones orientales; Florencia, Nápoles y, en general, toda la península se hallaban empobrecidas.

Después de la guerra de Sucesión española y los tratados de Utrecht (1713) y Rastadt (1714), y con la cesión de Sicilia a Víctor Amadeo de Saboya y del Milanesado, Cerdeña y Nápoles a Austria, el dominio aus­tríaco sobre la península sucedió al español, que quedó reduci­do.

Tras la fracasada anexión de Sicilia (1720), hasta la Revolu­ción francesa, a los ducados de Parma, Plasencia y Guastalla, adjudicados (1748) al hijo de Isabel Farnesio y Felipe V, Feli­pe, y al reino de Dos Sicilias, que el tratado de Viena (1735) había cedido a su hermano Carlos.

El derrocamiento del domi­nio español había sido visto por los italianos como el inicio de una época de libertad, pero no se concretaba todavía, junta­mente, el ideal de la unidad. Bajo los austríacos, a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII, Italia conoció las ventajas y los inconvenientes del despotismo ilustrado.

El progreso material y cultural alternó con un absolutismo político radical. La Revolución francesa, al chocar, por su ideología liberal y sus deseos de expansión, con el imperio austríaco, cambiaría el cuadro político italiano.

En 1794 los ejércitos franceses cruzaron los Alpes. Una comente popular y liberal de simpatía hacia la Revolución facilitó la conquista. En 1796 el rey de Cerdeña cedió a Francia Saboya y Niza; tras el tratado de Campoformio (1797) se crearon las Repúblicas Cisalpina (Lombardía y Romagna) y Ligur (Génova); Venecia fue cedida a Austr cambio del Milanesado, y los Estados Pontificios fueron convertidos en la República Romana (1798).

La alianza austrorrusa (1799), que consiguió expulsar de Lombardía a los franceses, fue el inicio del declive del poder francés en Italia. A pesar de la paz de Lunéville (1801), que reconoció las República Cisalpina y Ligur, de la creación del reino de Italia (1805) cedido por Napoleón en virreinato a su hijastro Eugenio de Beauharnais, y de la expulsión de los Borbones de Nápoles (1806), en cuyo trono se instaló a José Bonaparte y más tarde (1808) a Murat.

El descontento popular, suscitado, pese a la liberalización introducida, por la adaptación brutal de la administración italiana a los patrones franceses y fomentado por las ambiciones austríacas y británicas, hizo que tras el desastre de Waterloo (1815) el poder francés en Italia se derrumbara rápi­damente.

Resurgimiento y unificación de Italia

El congreso de Viena creó el nuevo mapa político de la península. De este modo Italia quedaba conformada en el norte:

  • Se formaron los reinos del Piamonte y Cer­deña, bajo Víctor Manuel I.
  • Del mismo modo, Lombardía y Venecia pasaron a depender de Austria.
  • En el centro se establecieron el gran ducado de Toscana, bajo Fernando III de Lorena.
  • Los ducados de Parma y Plasencia, adjudicados a la archiduquesa María Luisa.
  • El ducado de Módena, bajo Francisco IV de Este-Lorena.
  • Los Estados Pontificios, que comprendían Roma, Umbría y las Marcas.
  • En el sur el reino de Nápoles fue devuelto a Fernan­do IV de Borbón, quien tomó el nombre de Fernando I como monarca del reino unido de las Dos Sicilias.

El restablecimien­to de la influencia austríaca resucitó el absolutismo monárqui­co y puso fin a la liberalización introducida por los franceses Grupos minoritarios y clandestinos, como los carbonarios napolitanos, organizaron violentas campañas de agitación en contra de la nueva estructuración política del país.

Fernando I de Nápoles se vio obligado en el año 1820 a aceptar una Constitución. Pero en 1821 solicitó en el congreso de Laibach la intervención austríaca, que restableció pronto sus poderes absolutos.

En el Piamonte, Víctor Manuel I se vio obligado a abdicar (1821) en su hermano Carlos Félix, quien otorgó una Constitución; pero de nuevo la intervención austríaca puso fin al régimen consti­tucional.

A lo largo de la década 1820-30, constantes revueltas, siempre reprimidas violentamente, agitaron los Estados Ponti­ficios y los ducados de Parma y Módena.

En 1848 diversos hechos hicieron cristalizar una corriente ideológica en la que por vez primera se afirmaban unidos los ideales de unificación y líberalización, y que marcaría el proceso definitivo hacia la unidad.

El advenimiento al papado de Pío IX, el cual introdujo en los Estados Pontificios reformas de corte liberal, hizo surgir en diversos Estados una corriente popular que reivindicaba el fin del absolutismo.

Pronto estalló la insurrección armada en el reino de las Dos Sicilias. Femando II, el Papa, el gran duque de Toscana y el rey de Cerdeña tuvieron que conceder constitu­ciones. Carlos Alberto de Cerdeña emprendió la lucha abierta contra Austria.

Vencido en Custozza (1848) y Novara (1849), abdicó en su hijo, Víctor Manuel II, con quien la dinastía piamontesa se convirtió en portadora del ideal de la unificación, apoyada desde el exterior por Napoleón III.

En 1859 una alian­za francopiamontesa, impulsada por Cavour, se enfrentó a Aus­tria. Tras las batallas de Magenta y Solferino, favorables a los aliados, Napoleón redujo su apoyo, y la paz de Zurich puso fin a la contienda.

En el año 1860, tras proclamar Toscana, Módena y Parma su anexión al Piamonte, Garibaldi emprendió con su cuerpo de voluntarios internacionales la conquista del reino de las Dos Sicilias.

Formación del reino de Italia

En 1861 se reunió el primer Parlamento italiano y tuvo lugar la proclamación de Víctor Manuel II como rey de Italia. Tras una campaña aislada de Garibaldi (1862), en 1866 se rea­nudaron las hostilidades.

Historia del reino de Italia
Víctor Manuel II como rey de Italia en 1861

Derrotada en Custozza y en Lisa, Ita­lia obtuvo, no obstante, el Véneto, que la paz de Viena había otorgado a Francia. Quedaban solamente al margen de la uni­dad italiana los Estados Pontificios, sostenidos por Napoleón III.

Después del desastre francés de Sedán (1870), los italianos ocuparon Roma. Se propuso al Papa la ley de Garantías (1875), que no aceptó, al tiempo que prohibía la inter­vención en política de los católicos, lo que radicalizó el carácter laico y anticle­rical del nuevo reino.

En 1878 subió al trono Humberto I; durante su reinado se aprobaron importantes leyes, que consolidaron la base institucional del nuevo Estado.

En 1887 Crispí sucedió como jefe del gobierno a Depretis, y con él se inició la aventura colonial (Eritrea, Abisinia), que terminó con el desastre de Adua (1896).

La frustración nacional resultante del fracaso del intento colo­nial y la caída de los precios agrícolas, que acentuó la miseria, provocaron en 1898 una profunda crisis social, que afectó a todo el país. Las represiones (particularmente en las revueltas del hambre de Milán) fueron muy violentas.

En 1900 Víctor Manuel III sucedió a Humberto I (asesinado por un anarquista); la figura política destacada de su reinado fue Giolitti, quien estabilizó el país en todos los órdenes (económico y social) y consiguió importantes mejoras (ley del sufragio universal, supresión del non expedit por parte del Papado, protección a la clase obrera); gobernó, salvo algunas interrupciones, hasta el año 1914.

Al iniciarse la Primera Guerra Mundial, Italia permaneció neutral; pero el tratado de Londres de 21 de abril de 1915, por el que se le prometían algunos territorios que reclamaban los nacionalistas italianos, tuvo como consecuencia que entrara en el conflicto.

El fin de la guerra (I Guerra Mundial) dejó al país empobrecido y decep­cionado, porque el nacimiento del Estado yugoslavo no permi­tió realizar todas las aspiraciones anexionistas.

La crisis econó­mica de la posguerra provocó una inestabilidad social que se reflejó en la fundación del partido comunista (1921) y en numerosas ocupaciones de fábricas por los obreros.

Temerosa de la nueva situación y del dinamismo de la izquierda, la bur­guesía italiana decidió apoyarse en un partido que garantizara el “orden” y reforzara la autoridad del Estado. Mussolini, con el partido fascista, se dispuso a desempeñar este papel.

En 1922, después de la “marcha sobre Roma”, con el acuerdo de la monarquía, instauró un régimen dictatorial y totalitario. Toda oposición fue severamente perseguida, y los dirigentes más destacados hubieron de exiliarse o fueron encarcelados.

En política interior, Mussolini suprimió todas las garantías constitucionales, suplantadas por una Carta del Lavoro (1927), que establecía una Cámara corporativa. Las organizaciones sindicales fueron disueltas, y se emprendió una política econó­mica basada en la autarquía.

En política exterior, los ideales imperialistas se concretaron en la invasión de Etiopía (1935). Las tímidas sanciones impuestas por la Sociedad de Naciones acercaron aún más a Mussolini al gobierno nazi de Hitler.

En la guerra civil española (1936-39), la ayuda del Gobierno ita­liano a las fuerzas del general Franco fue considerable.

Des­pués de firmar un pacto tripartito con Alemania y Japón (1940), Italia declaró la guerra a las potencias occidentales (II Guerra Mundial). La falta de preparación militar y la impo­pularidad del conflicto convirtieron la situación bélica en un desastre nacional.

La degradación general del régimen y la acción de los resistentes obligaron al rey a ordenar la detención de Mussolini el 25 de julio de 1943. El mariscal Badoglio formó un nuevo gobierno y pidió el armisticio, sin condiciones, el 3 de septiembre.

Mussolini fue liberado por comandos alemanes y estableció un go­bierno republicano, con el apoyo de las fuerzas alemanas, en el norte. Después de la liberación de Roma por los aliados el 4 de junio de 1944, se formó un gobier­no provisional, con la participación de todos los partidos antifascistas.

Musso­lini y sus más directos colaboradores fueron ajusticiados el 28 de abril de 1945. Al terminar la guerra, la prepon­derancia de los democratacristianos per­mitió a De Gasperi asumir la dirección del país.

Historia de la República italiana

De 1945 a 1947 la Democracia Cristiana continuó ostentan­do la hegemonía política.

En el referéndum del 2 de junio de 1946 el pueblo italiano se mostró partidario de un régimen republicano. En las elecciones legislativas del 18 de abril de 1948 la Democracia Cristiana obtuvo la mayoría absoluta.

Historia de la República Italiana

Luigi Einaudi fue elegido presidente de la República el 11 de mayo de 1948. De Gasperi llevó a cabo una serie de reformas económicas y agrarias, posibilitadas por los créditos estadounidenses del plan Marshall.

La gravitación de EE.UU., en la vida política italiana se evidenció en las sucesivas eliminaciones de socialistas y comunistas del equipo gubernamental. En 1949 Italia se adhirió a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Las frecuentes escisiones y la ruptura en 1956 de la unidad de acción entre comunistas y socialistas (Frente Democrático Popular) favorecieron considerablemente la labor política de la Democracia Cristiana, que monopolizó los suce­sivos gobiernos y elevó en 1955 y 1962 a dos democratacristianos, Gronchi y Segni, a la presidencia de la República.

El resultado de las elecciones de 1963 obligó a la Democracia Cristiana a contar con la colaboración de los socialistas en el gobierno, con lo que se inició la experiencia llamada de centro- izquierda. Pero a pesar de la nueva presencia de socialistas en el gobierno, la Democracia Cristiana continuó su política con­servadora.

El socialdemócrata Saragat, en el 1964, fue elegido presidente de la República con el apoyo de los comunistas. En los años 1968 y 1969 se produjeron graves movimientos huelguís­ticos en las fábricas, coordinados con una continua agitación universitaria.

En las elecciones de 1968 los socialistas experi­mentaron un serio revés, mientras los comunistas lograban un considerable avance. La solución centro-izquierda parecía haber agolado sus posibilidades.

Después de las elecciones regionales de 1970, en agosto del mismo año se formó un nue­vo gobierno, presidido por el democratacristiano Colombo. A últimos de 1971 fue elegido presidente de la República el democratacristiano Giovanni Leone.

Más tarde la retirada de los republicanos de la coalición de centro-izquierda abrió un nuevo período de crisis e inestabilidad política, latente ya tras el éxito de la petición, promovida por la opinión conservadora y los sectores derechistas de la Democracia Cristiana, de un referéndum nacional constitucional acerca de la ley sobre el divorcio votada en 1970.

El período 1970-74 se caracterizó por la degradación cons­tante. Tanto de la situación económica como del orden social (conflictos laborales, atentados de la extrema izquierda y de los grupos fascistas), y por el fracaso y la ruptura de la política de centro-izquierda.

Hitos destacables de estos años fueron: las elecciones generales, adelantadas al mes de mayo de 1972, en las que la Democracia Cristiana y los comunistas registraron leves pérdidas y los fascistas del MSI y la Derecha Nacional, en cambio, sensibles ganancias de votos.

La retirada de los republicanos del gobierno Andreotti (jumo 1973). la gran huel­ga general (27 febrero 1974), que provocó la dimisión del gabinete Rumor, que había sucedido al de Andreotti y al que siguió un nuevo gobierno Rumor (marzo 1974), y el triunfo de los partidarios del mantenimiento del divorcio en el referén­dum de mayo de 1974, que representó una grave derrota para la Democracia Cristiana.

Rumor tuvo que dimitir en octubre de 1974 y se abrió una larga crisis, resuelta en noviembre siguien­te con la formación por Aldo Moro de un gobierno de coalición de democratacristianos y republicanos que duró hasta enero ch 1976.

De nuevo formó Moro un gobierno de simple comunismo (febrero 1976), compuesto sólo de democratacristianos. En las elecciones legislativas de junio de 1976 la Democracia Cristiana mantuvo sus posiciones y el Partido Comunista obtuvo un gran avance.

Tras una nueva etapa de incertidumbre, en junio de 1977 los seis grandes partidos constitucionales llegaron a un compromiso político. En este contexto G. Andreotti sucedió a A. Moro al frente de un gobierno monocolor demo­cratacristiano (30 julio 1977).

La escalada terrorista culminó con el secuestro de Aldo Moro, presidente de la Democracia Cristiana, quien fue asesinado el 9 de mayo de 1978 por las Brigadas Rojas. Tras su muerte, el Partido Comunista fue incluido en la mayoría parlamentaria.

El presidente Leone implicado en escándalos de corrupción, dimitió (junio 1978) y fue sustituido por el socialista Sandro Pertini. Las elecciones anticipadas de junio de 1979 significaron un retroceso del Par­tido Comunista, que pasó a la oposición parlamentaria.

En una prolongada crisis política se sucedieron los gobiernos de los democratacristianos Francesco Cossiga (agosto 1979) y Arnaldo Forlani (octubre 1980), quien presidió un gobierno de coali­ción formado por la Democracia Cristiana, socialistas, socialdemócratas y republicanos.

Durante esta etapa continuó la escalada terrorista de la extrema derecha y de la extrema izquierda, con atentados como el de la estación ferroviaria de Bolonia (2 agosto 1980), en el que hubo 84 muertos y 150 heridos.

Época actual

Después de 36 años, la Democracia Cristiana perdió la pre­sidencia del Gobierno, debido a la corrupción y a la creciente influencia del Partido Comunista Italiano (PCI). Se sucedieron en el cargo de Jefe de Gobierno el republicano G. Spadolim (1981-82), y más tarde el socialista Craxi (1983-87).

Historia de la democracia en Italia
Giulio Andreotti, uno de los presidente más populares de la democracia italiana

El gabi­nete de Craxi propició un progreso económico que permitió al país entrar a formar parte en 1986 del Grupo de los Siete (G-7).

La dimisión de Craxi, en marzo de 1987, obligó a con­vocar elecciones. A resultas de ellas se formaron diversos gobiernos de coalición, encabezados entre otros por los demo-cristianos Giovanni Goria (1987-88), Ciriaco de Mita (1988- 89) y Giulio Andreotti (1989-92).

Ante los cambios en la URSS y Europa Oriental, los comu­nistas decidieron en congreso (1991) la desaparición del PCI, que se convirtió en Partido Democrático de la Izquierda (PDS), y al mismo tiempo, la operación judicial Maní pulite (Manos limpias) dirigida por el juez A. di Pietro, que reveló la corrup­ción de la clase política italiana y de sectores empresariales mediante las comisiones, provocó la crisis del sistema de alternancia de partidos.

La Mafia desafió al Estado con los asesinatos de destaca­das personalidades del ámbito jurídico y político, pero su capo máximo, Salvatore Totó Riina, fue detenido. Entre 1992 y 1996 se sucedieron las crisis y los cambios de gobierno: el Gobierno de coalición liderado por el socialista G. Amato impulsó la reforma del Senado y del sistema electoral, aprobada en referéndum (18 abril 1993).

Pero fue desbordado por diversos escándalos de corrupción, incluyendo el juicio y condena del socialista B. Craxi y el procesamiento de G. Andreotti, éste además por sus presuntas relaciones con la Mafia.

El Gobierno de concentración nacional dirigido por el independiente C. A, Ciampi aprobó una ley de reforma política. Los partidos tradicionales se desintegraron o cambiaron de nom­bre, y emergieron nuevos, como la Liga del Norte (conserva­dora y federalista).

Mientras tanto, la campaña judicial anti mafia abría más de mil sumarios. En las elecciones legislati­vas de 1994 el partido derechista y ultraliberal Forza Italia, dirigido por el empresario Silvio Berlusconi, resultó vencedor y gobernó en coalición con la neofascista Alianza Nacional y la Liga del Norte de Umberto Bossi, pero nueve meses des­pués la Liga Norte abandonó la coalición y Berlusconi hubo de dimitir.

En 1996 la situación política dio un giro a la izquierda, y en las elecciones de ese año se impuso la coalición El Olivo, encabezada por el independiente Romano Prodi. El Gobierno de Prodi consiguió en 1998 cumplir los requisitos del tratado de Maastricht y la incorporación desde el primer momento a la moneda única (euro), pero cayó en el Parlamento al retirar­le la confianza los diputados de Refundación Comunista.

Massimo D’ Alema, secretario general del Partido Democráti­co de la Izquierda (PDS), formó un Gobierno de coalición, el primero presidido por un ex comunista (21 octubre), que incluyó a un sector democratacristiano.

El proceso de refor­ma institucional iniciado en 1994 que prevee la elección del jefe de Estado a partir del sufragio universal siguió estanca­do al requerir una mayoría de dos tercios en el Parlamento.

Con el apoyo de la coalición gubernamental y de la oposi­ción, el ministro del Tesoro, C. A. Ciampi, fue elegido presi­dente de la República (13 mayo 1999).

En las elecciones regionales de 2000 se impusieron los partidos de derecha, y en las legislativas de 2001 la coalición Casa de las Liberta­des, de S. Berlusconi, integrada por la Alianza Nacional y la Liga Norte, obtuvo mayoría absoluta, tras lo cual Berlusconi fue nombrado jefe de Gobierno.

El gobierno respaldó la estrategia de EE.UU. que condujo a la guerra de Iraq (marzo 2003) y desplegó 3.000 soldados en el sur del país.

Historia de la bandera de Italia

La bandera tricolor ondea con orgullo en el territorio italiano. La bandera italiana se inspiró en la francesa en sus tres bandas verticales.

Sus colores son los de los uniformes de la legión lombarda, aliada con el invasor: el verde, el blanco y el rojo.

origen de la bandera de Italia

En 1796, el joven General francés Napoleón Bonaparte proclamó que venía a «liberar» a los pueblos de la península itálica y a devolver la república a los italianos.

Una vez controlado el territorio, Napoleón ordenó las bandas de la bandera de forma horizontal, y colocó su escudo de armas en el centro.

En 1815, tras la caída del emperador, Italia cayó bajo el yugo austríaco; pero, paradójicamente, el pueblo italiano había descubierto con la invasión francesa lo que significaban la emancipación y las libertades.

Las revueltas de 1848 hicieron resurgir la antigua bandera con bandas verticales frente a la ocupación austríaca. En 1861, una vez proclamado el reino de Italia, la bandera se adornó con las armas de la casa de Saboya.

En 1946, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, se fundó una nueva república. La antigua bandera tricolor de 1796 se izó de nuevo, pero esta vez sin el emblema monárquico, demasiado comprometido con las insignias fascistas.

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