Historia de la compresa y el tampón

La historia de la compresa y el tampón nos enseña cuánto ha cambiado la vida de las mujeres. Y es que, higiene y salubridad aparte, poder desarrollar una vida normal en los días de menstruación es todo un adelanto. En CurioSfera-Historia.com, te explicamos quién inventó la compresa higiénica desechable y el tampón, cuál es su origen y cómo ha evolucionado en el tiempo.

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Origen de la compresa higiénica

Hasta el invento de la compresa higiénica las mujeres habían recurrido, para paliar los inconvenientes de esos días, a todo tipo de soluciones.

Estaban acostumbradas a recurrir a cualquier medio para afrontar el problema que su fisiología les presentaba. Hubo soluciones tan drásticas como la de permanecer sentadas sobre un saquito de harina o de salvado todo el tiempo.

Más sofisticado era el tampón vaginal egipcio, utilizado tanto como contraceptivo como para remediar los problemas de las menstruaciones abundantes.

cuál es el origen de la compresa

Otras civilizaciones, como los asirios, utilizaron esponjas naturales.

Como puedes comprobar, lo de utilizar “trapos menstruales” es algo de miles de años.

Durante el paso de los siglos se emplearon sistemas tan variados como hierbas, pieles de animales, cenizas de madera envueltas en tela, esponjas marinas… Todo lo que fuera mínimamente absorbente se utilizó.

Antecedentes de la compresa desechable

La compresa desechable la inventó en el año 1888 la compañía Johnson & Johnson, la misma compañía que inventó las tiritas. Las comercializó con el nombre de “toallas femeninas” o “servilletas higiénicas”.

Pero lamentablemente, el invento no consiguió obtener mucha aceptación. Y es que, según la mentalidad de la época, las damas sentían mucha vergüenza y reparo pedirlas y comprarlas en los comercios.

Quién inventó la compresa

El inventor de la compresa tal y como hoy la conocemos fue la empresa Estadounidense Kimberly- Clark en el año 1921. Esta compañía ubicada en Neenah (Wisconsin), ideó una especie de venda perforada de forma desigual en cada vuelta que servía para absorber la sangre de la menstruación.

Sus fabricantes la registraron con el nombre de Kotex, término que lleva en su composición la palabra inglesa cotton= algodón. Por tanto había nacido la primera compresa higiénica de la historia, producto comercializado y fabricado, como tantas otras cosas de la civilización moderna, en Estados Unidos.

Quién inventó el tampón

Como la compresa todavía se trataba de un sistema insatisfactorio, en 1937 el médico norteamericano Earl Hass dio con un medio mejor para ayudar a las mujeres: el tampón higiénico.

cuándo se inventó el tampón
Earl Hass es el imventor del Tampax

Pensó que era posible adoptar un principio similar al del tampón quirúrgico empleado en las operaciones para absorber la sangre de heridas e incisiones.

Y, aquel mismo año registró y obtuvo una patente y fundaba la luego poderosa firma Tampax.

Al principio, como era de esperar y suele suceder en usos tan íntimos, hubo reticencias y se inmiscuyeron en el asunto una serie de pegas de naturaleza moral.

Tras la Segunda Guerra Mundial el Tampax se convirtió en la forma más adecuada de resolver los problemas de sangrado de la menstruación y su uso se extendió a todo el mundo. La regla o periodo había dejado de ser un incordio para las mujeres.

Menstruación en la Antigüedad

La menstruación, ciclo o periodo regular que domina la existencia de la mujer a lo largo de su vida fértil, supuso siempre para ella un recordatorio de su condición, y memoria constante de sus posibilidades de ser madre, pero al mismo tiempo ha sido fuente y origen de tabúes y maldiciones.

Así, la menstruación, además de una evidente falta de confort físico, fue subterfugio poderoso para la discriminación de la mujer. En efecto, los más restrictivos tabúes cayeron sobre la menstruante, que no podía siquiera rozarse con los hombres o con cosa alguna sin contaminarla o impurificarla.

Esta situación es universal a lo largo de la Historia en grandes civilizaciones, como la hebrea, y en pueblos primitivos de África, como los aborígenes de Guinea, que incluso prohíben a la mujer bañarse durante su regla o mes por considerar que hacerlo envenenaría el agua de uso comunal.

Y no solo bañarse se les prohíbe: también adentrarse en la selva, por miedo a que las serpientes, particularmente enamoradizas de la mujer durante ese periodo, se introduzcan por los genitales de ésta, y muera.

La menstruación, fenómeno fisiológico poco entendido por el hombre, llevaba a la mujer a buscar durante esos días la intimidad. No solo ella, también el resto del poblado, por lo que se instituyó en muchas culturas las llamadas cabañas de la sangre adonde tienen prohibido el acceso tanto hombres como bestias del género masculino, y son únicamente las madres quienes se acercan a llevarles la comida que les dan por una tronera o agujero practicado a la altura del techo.

Allí las menstruantes, a menudo atadas como si de locas se tratara, y en la oscuridad, dejaban transcurrir el período. El brujo las visitaba para recordarles dos cosas: permanecer quietas y en silencio, y comer lo prescrito.

A este apartamiento u ocultamiento se unía, cuando se trataba de las dos primeras reglas de la mujer, el maltrato físico, pues a la menstruante primeriza se le consideraba poco menos que una endemoniada.

Los negros Macusis de la Guayana inglesa suelen propinar — son las madres las encargadas de hacerlo— una paliza con vergajos tras tomar la menstruante un baño.

Ciertas tribus aborígenes australianas, la de los Larra Keeyah, cubren de barro a la menstruante primeriza. La tribu de los Otati, también de aquella civilización, cavan un hoyo donde se acurrucan en un intento de hacerlas pasar por muertas. Y, para que los malos espíritus pasen de largo en su presencia, pues se las considera en esos momentos muy vulnerables.

Entre ciertos pueblos amerindios, desde Alaska hasta Colombia, las menstruantes usan un capuchón que les cubre la cabeza, o se tocan con un sombrero especial para esa ocasión. A su paso, la gente se aparta de ellas en la creencia de que lo infestan todo y que destruyen lo que miran, por lo que se las obliga a ir con la vista en el suelo.

Y no solo en estos pueblos atrasados se mira con recelo a la menstruante. En el norte de Francia, todavía a principios del siglo XX se les prohibía la entrada en las refinerías de azúcar por temor a que el azúcar se tornara negra.

La salazón del tocino o la manteca de cerdo no es recomendable llevarla a cabo si hay mujeres en esa condición, en los departamentos del oeste francés.

En la región francesa de Berry, a la menstruante se le echaba de comer aparte a finales del siglo XIX. Mientras, en zonas del Cáucaso no era admitida en la iglesia, cosa que fue común a toda la cristiandad en tiempos antiguos, como prohibición explícita del Concilio de Nicea en el siglo IV.

En cuanto a España, en puntos de la región andaluza, todavía a finales del siglo XX se pensaba que el perro que lame la sangre menstrual adquiere la rabia. También, que los árboles a los que se suba una mujer durante su regla, se secan.

En pueblos castellanos, como Argamasilla de Alba, una menstruante no podía tocar a un niño, ni siquiera mirarlo, pues de hacerlo le daba el mal de ojo.

Son muchos los pueblos de Europa que atribuyen a la visita de la mujer menstruante el que se agrie el vino. También, que se le retire la leche del pecho a las nodrizas, se corte la leche o se echen a perder las salsas en la cocina.

Con la mala prensa de la menstruación, no sorprende que nadie se ocupara de solucionar los problemas prácticos que generaba. Las mujeres salían del paso con compresas burdas hechas de trapos deshilachados, inservibles, ya que sólo se utilizaban una vez: cada periodo tenía su compresa.

Amén de lo dicho, las mujeres no empezaron a salir de casa hasta mediados del siglo XVIII. Antes, y en particular durante esos días, yacían en los estrados, reclinadas sobre cojines las que podían, y las sirvientas y trabajadoras eran dispensadas de trabajos que exigieran algún esfuerzo.

Etimología de la palabra menstruación

El término es griego: de mene= luna, a través de la voz latina mensis= mes. El Diccionario de autoridades lo recoge en su edición de 1732 y documenta su uso con cierto pasaje de la traducción que Andrés Laguna hizo de Dioscórides mediado el siglo XVI: “Huyen las hormigas y las abejas de la sangre menstrua”.

Décadas antes, Alonso de Palencia dice en su Universal vocabulario (1490) que hay “yerva que mueve a las mujeres al menstruo o camisa”.

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