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Historia de las armas de fuego: origen e inventor

El descubrimiento de la pólvora y de sus propiedades explosivas y propulsoras tiene una rápida repercusión en el campo militar del Occidente medieval, con la invención de las armas de fuego portátiles y del cañón a principios del siglo XIV. En CurioSfera-Historia.com, te contamos el origen e historia de las armas de fuego, su inventor y su evolución.

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Origen e inventor de las armas de fuego

El origen de las armas o bocas de fuego es incierto y confuso. Pero se puede afirmar que los inventores de las armas de fuego eran de la Antigua China. Allí se desarrolla desde el siglo XI, una gran variedad de armas de fuego que utilizan pólvora: bombas, granadas, cohetes, como también lanzallamas (huo qiang) fabrica­dos con tubos de bambú. También fueron los inventores de los fuegos artificiales.

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En todo caso, la mención de bocas de fuego se vuelve frecuente a partir del siglo XIV en Occidente, probablemente la verdadera cuna de su invención.

La tradición cuenta que fue la obra de un tal Berthold Schwartz, llamado Berthold el Negro, un monje alemán del monasteno de Freiberg Según una crónica de 1440.

Schwartz habría echado una mezcla explosiva en una olla tapada, que habría colocado luego sobre un fogón. La explosión producida habría lan­zado violentamente la tapa hacia el techo.

Este hecho dio al monje la idea de la bombarda. Desgraciadamente, es imposible verificar esta historia ya que los archivos del monasterio de Freiberg fueron quemados durante la Re­forma.

Las primeras armas de fuego

Las primeras bombardas tienen la forma de vasijas o botellas de metal. Están sujetas a un zócalo macizo fijo y sirven para lanzar sim­ples flechas. Su primera representación se encuentra en un manuscrito inglés de 1326, y uno de estos aparatos se conserva en el Museo de Estocolmo (longitud: 30 cm; calibre: 3,6 cm).

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También en 1326, aparecen los primeros tubos de cañón de metal, que son encargados por Florencia al ingeniero Reinaldo de Villamagna.

El primer uso de las bombardas con fines mili­tares se produjo en 1334, en la defensa de la ciudad de Meersburg, sitiada por las tropas de Luis el Bávaro.

También en la guerra de los Cien Años se ve la utilización de bombardas en el campo de batalla de Crécy, en 1346, y al año siguiente en Calais. Sin embargo, el uso militar de las bocas de fuego se generaliza apenas en el siglo XV.

La guerra husita, que opone en el corazón de Europa a los seguido­res y adversarios del reformador pragués Jean Hus, se resuelve a fuerza de «cañón», es decir, de bombardas montadas sobre una cureña de dos ruedas.

La existencia de estos cañones es atestiguada por el Manuscrito de la guerra husita, nombre dado a un texto anónimo escrito alrededor de 1430, probablemente por un ingeniero militar, y que contiene numerosos dibujos técnicos de artefactos de guerra.

Evolución de las armas de fuego

Durante las guerras de Carlos VII contra los ingleses (1449-1461), asistimos al nacimiento de la artillería regu­lar. Grandes bombardas y culebrinas de menor calibre se reparten en «parques» de 24 piezas, y se utilizan tanto para la defensa de las plazas fuertes como en los campos de batalla.

La importancia que toma a partir de ese momento la artillería se debe, según el histo­riador Fernand Braudel, «al descubrimiento de la pólvora en grano, hacia 1420, que produce una combustión instantánea y segura, a dife­rencia de las mezclas antiguas cuya materia compacta no permitía ninguna compenetra­ción del aire”.

Hasta 1450, los cañones están hechos de barras de hierro forjado soldadas entre sí y sujetas por fuera con anillos de hierro. Lanzan balas de piedra, y su alcance es de algunos cientos de metros.

Pero estallan después de 10 o 12 lanzamientos, y el efecto de retroceso es destructivo para la cureña. Poco a poco, los tubos se alargan y los calibres aumentan.

A partir de 1450, los tubos son de bronce fun­dido, lo que les asegura una mayor vida útil, las balas son de hierro, y los muñones garan­tizan la movilidad vertical y permiten ajustar rápidamente el ángulo de tiro.

La invención del arcabuz

Paralelamente se empiezan a desarrollar las armas de fuego portátiles. Al principio, pare­cen cañones ligeros que se llevan bajo el brazo como lanzas en reposo. El Belltfortis del alemán Konrad Keyser (1405) ofrece una repre­sentación de estas armas.

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Luego, hacia fines del siglo XV aparece el arcabuz. Esta arma es muy efectiva, aunque su manejo es muy lento: se debe cargar y recargar, encender la mecha, etc.

Habrá que esperar la aparición del mosquete para ver la pica y la ballesta destronadas. A partir de 1630, el mosquete es reemplazado a su vez por el fusil, de mayor perfeccionamiento, al que se agrega la bayoneta a fines del siglo XVII.

Artillería y caída del feudalismo

La artillería y las armas de fuego hacen doblar las tempanas para la caballería y el sistema feudal.

Las fortalezas hasta entonces inexpugnables, caen pulverizadas por el efecto destructor de las balas de cañón, y los arcabuceros vencen a los caballeros y sus armaduras Y, como observa acertadamente el historiador L. Sprague de Camp:

“destruyendo el castillo feudal, como lo había hecho con los muros en la caída de Constantinopla, el cañón abre paso a la era de los reyes Sol que reinan por derecho di­vino”.

Sin embargo, para enfrentar la atronadora entrada de la artillería en la historia, a partir del siglo XVI se inicia la construcción de for­talezas de baja elevación, con gruesas mura­llas de tierra donde los obuses se entierran en vano, y con la instalación de una artillería de defensa en lo alto de las murallas fortifi­cadas.

Galileo y la balística moderna

En 1633, Galileo sienta las bases de la balística moderna en sus Discursos concernientes a dos ciencias nuevas, publicados en Holanda,

En esta obra, que funda la física moderna, Galileo estudia la trayectoria de los proyectiles propulsa­dos por un movimiento horizontal y estando sujetos a la acción de la gravedad, tal como las balas de cañón.

El descubrimiento fundamental de Galileo es mos­trar que “los movimientos horizontal y vertical se realizan independientemente el uno del otro, y que la posición de un objeto en un instante dado se determina considerando su movimiento hacia adelante y hacia abajo separadamente» (Morris Kline).

Este descubrimiento es revolucionario, ya que desde Aristóteles se pensaba que, si un objeto está sujeto a dos fuerzas, éstas se confunden. En consecuencia, las teorías balísticas permitían hacer viajar una bala en línea recta, y luego hacerla caer verticalmente, una vez que todas las fuerzas a las que está sometida se agotaban.

Galileo descarta absolutamente esta interpretación y muestra que, por el contrario, el movimiento de un proyectil debe tener en cuenta la acción inde­pendiente de las dos fuerzas.

A partir de estas observaciones, define la ley según la cual: “Un pro­yectil que realiza un movimiento compuesto por un movimiento horizontal uniforme y por un movi­miento naturalmente acelerado hacia abajo des­cribe una trayectoria semiparabólica».

La aplicación de este principio genera el desa­rrollo de la balística moderna, en la medida en que permite determinar el ángulo de tiro correcto de cualquier cañón, una vez conocidas la velo­cidad de la bala y la distancia al punto de impacto.

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