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Batalla de Crécy

Dentro de la guerra de los Cien Años, la batalla de Crécy se produjo el 25 y 26 de agosto de 1346 en la zona de Picardía, al noreste de Francia. Se enfrentaron el ejército inglés de Eduardo III y el ejército francés de Felipe VI. Resultaron victoriosos los ingleses y los franceses sufrieron una gran cantidad de bajas. En CurioSfera-Historia.com te explicamos la historia de la batalla de Crécy.

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Los datos de la batalla de Crécy

  • Fecha: 25-26 de agosto de 1346.
  • Lugar: Picardía, noroeste de Francia.
  • Combatientes: Ejército inglés comandado por el rey Eduardo III (15.000 hombres), y el ejército francés dirigido por el rey Felipe VI (30.000 hombres).
  • Personajes protagonistas: por parte inglesa el rey Eduardo III, Eduardo (príncipe de Gales), y Thomas Hatfield (obispo de Durham). Por parte francesa el rey Felipe VI; John (rey de Bohemia), y Carlos (conde de Alençon).
  • Armas: Ballestas, arcos, espadas, caballería y cañones.
  • Resultado: Victoria inglesa.
  • Consecuencias: 100 bajas por parte del ejército inglés y 1.542 por el lado francés. La batalla de Crécy no supuso la victoria en la guerra, pero si el rey Eduardo hu­biese sido derrotado, habría significado el final para los ingleses.

Antecedentes

La guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia comenzó en 1337. En la fase inicial, los ingleses construyeron una gran alianza de príncipes en los Países Bajos. En 1339, cuando los ingleses y sus aliados se enfrentaron a los franceses, ninguna de las partes se atrevió a entrar en batalla y no se produjo ningún combate.

El conflicto pare­ció indeciso e inconcluso hasta 1346, cuando el cur­so de la guerra de los Cíen Años cambió debido a una campaña extraordinaria dirigida por Eduardo III, y que culminaría en la gran batalla de la guerra: Crécy.

Preludio: camino hacia la batalla

De forma bastante inesperada, los ingleses desembarcaron en el oeste de Normandía el 12 de ju­lio de 1346. Probablemente, fue un desembarco in­tencionado, aunque también cabría la posibilidad de que los vientos contrarios impidiesen a la flota realizar el viaje planeado hasta Gascuña.

quién lucho en la batalla de Crécy
Eduardo III y Felipe VI

La resis­tencia resultó inútil; incluso la ciudad de Caén cayó con sorprendente facilidad ante los ingleses, que se deleitaron con el botín conseguido. El plan consistía en continuar la marcha hacia el norte, pero el río Sena suponía un gran obstáculo.

Los franceses destruyeron los puentes y el ejército de Eduardo se vio obligado a marchar río arriba hasta aproximarse a París. Los retos para luchar contra Felipe VI de Francia se que­daron en nada. En Poissy, los ingleses arreglaron el puente y marcharon rápidamente hacia el norte.

El siguiente obstáculo fue el Somme, que el ejército inglés vadeó en Blanquetaque. Eduardo III se detuvo en Crécy y se preparó para luchar. Crécy se encontraba en el condado de Ponthieu, una posesión inglesa desde 1279 pero que por entonces estaba en ma­nos de los franceses.

La geografía, una gran aliada

Lo mejor que vio Eduardo III es la cordillera situada entre las poblaciones de Crécy y Wadicourt. La geografía del lugar proporcionaba un lugar ideal para que los ingleses estableciesen una fuerte posición defensiva.

El valle que se ex­tendía a los pies de las montañas estaba definido por una pendiente escarpada en el lado opuesto, lo que dificultaba la capacidad de maniobra de los franceses. La pendiente encerraba parcialmente lo que se convertiría en un auténtico campo de ma­tanza.

¿Buscó Eduardo la batalla con los franceses, o és­tos le colocaron en una posición en la que no tenía más opción que luchar, por encontrarse atrapado? He aquí una cuestión muy debatida.

La propaganda real inglesa no dejaba lugar a dudas; Eduardo desea­ba luchar contra su rival, Felipe. Sin embargo, pudo haberse enfrentado a Felipe en una etapa anterior de la campaña y, sin duda, no tenía por qué haber evitado a los franceses cruzando el Sena en Poissy y marchando hacia el norte con bastante rapidez.

No existe la certeza absoluta, pero resulta difícil pasar por alto la evidencia contemporánea de que Eduardo quería enfrentarse a los franceses. No existía un modo mejor de demostrar que era el rey de Francia por de­recho propio a través de la herencia de su madre, Isabel de Francia.

La batalla

Finalmente, la tarde del 25 de agosto de 1346 los ejércitos ingleses y franceses estaban frente a frente. La batalla de Crécy estaba a punto de comenzar.

No se sabe con certeza el número exacto de hombres que componían el ejército inglés, pero es probable que estuviese en torno a los 15.000 (de los cuales casi 3.000 eran caballeros y hombres de armas).

resultado batalla de Crécy

Se tra­taba de una fuerza remunerada en la que muchos hombres servían a sus señores cumpliendo un con­trato. Las descripciones de los cronistas sobre el modo en que los ingleses formaron su ejército para la ba­talla no coinciden.

Se produjo una formación circu­lar de carros en la retaguardia para defender la in­tendencia. Probablemente, aquí llevaban también un pequeño número de cañones, no efectivos pero sí ruidosos.

El ejército contaba con tres divisiones principales, pero no está claro si se ordenaron para el combate una detrás de la otra, o formando un fren­te único. El príncipe de Gales, junto con los condes de Northampton y Warwíck, mandó la primera división. El propio rey Eduardo III iba al mando de la segunda, y es pro­bable que los condes de Arundel y Huntingdon man­dasen la tercera.

Los caballeros y los hombres de ar­mas ingleses desmontaron para luchar, tal como habían aprendido en las guerras con los escoceses. Se ha hablado mucho sobre los arqueros, descritos por el cronista Froissart formando en herse (lo que probablemente significa en formaciones triangulares). Flanqueaban a la fuerza inglesa principal y se situa­ron para provocar estragos entre los franceses el 25 de agosto.

Sin duda, las fuerzas francesas eran mucho más numerosas que las inglesas, pero su organización dis­taba mucho de la del enemigo. Entre los franceses existía una gran confusión, y no se ponían de acuer­do sobre si había que esperar a luchar al día siguien­te.

Finalmente, la imprudencia superó al sentido co­mún. Los franceses ondearon su celebrada bandera de guerra, la Oriflamme, y se dio la orden en ambos flancos de no dar cuartel.

Los franceses enviaron una avanzada de ba­llesteros genoveses que ni siquie­ra contaban con todo el equipo, ya que no habían tenido tiempo de sacarlo. En concreto, les falta­ban sus característicos escudos grandes (pavises).

Según descripciones posteriores, las cuerdas de sus arcos se mojaron durante una tormenta, de manera que las armas per­dieron eficacia. Las ballestas inglesas, por otro lado, no podían ser más potentes. Los genoveses fueron atacados y obligados a retroceder, pero se encon­traron con la caballería francesa que avanzaba.

La información sobre la batalla resulta inevita­blemente confusa y contradictoria. Al parecer, con­sistió en ataques repetidos de los franceses contra las líneas inglesas de hombres de ar­mas a pie. Tal vez, en algún momen­to los franceses incluso obligaron a los hombres de Eduardo III a re­gresar al campamento defensivo de la retaguardia.

La división de Eduardo, príncipe de Gales, soportó lo más recio de la lucha, y el príncipe se vio casi vencido en dos ocasiones. Froisart explica la conocida historia sobre cómo el rey se negó a enviar ayuda, afir­mando que «el chico tenía que ganarse sus espuelas».

El otro incidente conocido ocurrió en las etapas finales de la batalla, cuando el rey ciego de Bohemia, John de Luxemburgo, exigió que le guiasen hasta la batalla para poder dar un golpe con su espada. Sus hombres atacaron sus caballos formando un círculo, y a la mañana siguiente en­contraron a John moribundo y a sus hombres muer­tos.

Las bajas francesas en la batalla fueron muy nu­merosas. Muchos hombres murieron aplastados en el campo de batalla, asfixiados por sus armaduras. Se afirma que un total de nueve príncipes, 1.200 ca­balleros y unos 15.000-16.000 hombres perdieron la vida. Algunos cayeron prisioneros; las tropas ger­manas que luchaban para Eduardo III protestaron por la pérdida de rescates potenciales.

La batalla comenzó a última hora de la tarde, y cuando terminó ya había anochecido. Por tanto, no se produjo una huida en desbandada y la correspondiente persecución, aunque la batalla llegó has­ta Watteglise, a cierta distancia al noroeste de Wadicourt.

Al día siguiente se extendió la alarma ante la posibilidad de que nuevas tropas francesas retoma­sen la lucha, pero resultaron ser milicianos campesi­nos que se habían retrasado por el camino. Sin du­darlo, los ingleses los masacraron en un cruel golpe final.

Consecuencias

La batalla de Crécy no supuso la victoria en la guerra para los ingleses, pero si el rey Eduardo hu­biese sido derrotado, sin duda habría significado el final de sus ambiciones en un territorio tan anhela­do para él como era Francia.

Tal como ocurrieron las cosas, el ejército inglés pudo desplazarse a Calais, que fue capturada al año siguiente. La victoria llevó a la fundación de la Orden de la Jarretera. En mu­chos aspectos, supuso el comienzo de la fama de Eduardo III.

Varias fueron las razones del triunfo inglés. Una de ellas es que eligieron bien su posición. La ballesta re­sultó ser importante: un arquero experimentado po­día disparar tres o cuatro veces más rápido que un ballestero, y los caballos se volvían locos con las llu­vias de flechas.

Las tácticas utilizadas por los caba­lleros y los hombres de armas para luchar a pie se desarrollaron en las guerras escocesas de Eduardo III, y de nuevo resultaron muy eficaces. Los factores in­tangibles, como la calidad del liderazgo del rey, también desempeñaron su papel.

En cuanto a los fran­ceses, sus ballesteros genoveses no podían igualar en modo alguno a los arqueros ingleses. Las tácticas francesas no tuvieron en absoluto en cuenta el modo de luchar de los ingleses.

Felipe VI tal vez luchase con valentía, pero no tenía el carisma de líder que poseía el rey Eduardo III. La incertidumbre entre los coman­dantes franceses al principio de la batalla fue segui­da por la creciente confusión en el transcurso de la misma.

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