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La rebelión de Nika

Los disturbios de Nika o revuelta de Niká fue una rebelión popular de gran parte de los habitantes de Constantinopla en el año 532. Esta ciudad era la capital del Imperio Romano de Justiniano, Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino. Este motín del pueblo fue provocado por las diferencia religiosas y por los abusivos impuestos. En CurioSfera-Historia.com te explicamos la rebelión de Nika.

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Los datos de la revuelta de Nika

  • Fecha: del 12 al 18 de enero del año 532 d.C.
  • Lugar: Constantinopla (actual Estambul).
  • Contendientes: Las fuerzas imperiales (Justiniano) contra los rebeldes de Constantinopla (los líderes de las facciones Verde y Azul).
  • Objetivo: El imperio de la ley y el resurgir del Impero Romano de Oriente.
  • Resultado: Justiniano consiguió sofocar la rebelión.
  • Consecuencias: Más de 30.000 muertos. Justiniano pudo iniciar la reconquista de Italia y las provincias de África. El emperador comenzó a su mayor logro: la codificación del derecho romano. Base del derecho actual en la mayoría de países democráticos.

Antecedentes

El antes po­deroso Imperio Romano ahora comprendía solamente la península balcánica, Asia Menor, Siria y Egipto. Estaba amenazado no sólo por los bárbaros en el oeste, sino por el pujante reino de Persia en el este. Roma, en Italia, se hallaba bajo la protección de los ostrogodos.

mapa imperio bizantino

En el norte, los hunos, pese a la destrucción del imperio de Atila, todavía eran la mejor caballería de Europa. Ellos y sus aliados, los hérulos (una nación germana), continuaban siendo una amenaza. A ellos se sumaban ahora los eslavos, quienes se estaban concentrando en las fronteras de los Bal­canes.

No obstante, para el pueblo de Constantinopla, la capital del imperio Romano de Oriente o Imperio bizantino, esas amenazas externas no eran tan graves como los problemas internos. Durante los primeros cinco años de su mandato, el emperador Justiniano había resuelto con enorme éxito los conflictos externos.

Cuando el Imperio Romano de Justiniano fue atacado por los per­sas, puso al frente de las fuerzas imperiales a un joven y des­conocido oficial llamado Belisario. Este tendió una emboscada a los persas en Daras y dispersó su ejército.

Pero Justiniano también nombró prefecto pretoriano (funcionario encargado de las finanzas) a Juan de Capadocia, quien estaba llevando al país al desastre. Para equilibrar el presupuesto impuso abusivos impuestos y recortó los fondos destinados a servicios esenciales.

Estas drásticas medidas arrui­naron a los granjeros, quienes emigraron en masa a Constantinopla. Esto provocó que desbordaran los centros de asistencia de la ciudad y elevaron el índice de delincuencia.

Más graves aún eran los desacuerdos en materia religiosa. El paganismo se había extinguido entre los romanos. Sin em­bargo, las dos principales sectas cristianas de Constantinopla no eran precisamente un ejemplo de caridad cristiana. Las peleas entre católicos y los monofisitas eran continuas y a menu­do violentas. En una de ellas se detuvo a 3 hombres por cometer asesinatos.

Las facciones azules y verdes

Existían dos grandes grupos, uno cristiano y otro monofisita. Estas dos fac­ciones eran conocidas como Azules y Verdes (los Prasinoi y los Venetii). Esa denominación de­rivaba de los colores de los carros con que participaban a las carreras del hipódromo.

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Las facciones fueron reconocidas por el gobierno y convertidas en divisiones de la milicia civil encarga­das de defender las murallas de la ciudad. Ese reconocimiento oficial trajo como consecuencia la afiliación política y, después de que el cristianismo pasó a ser la religión del imperio, la afi­liación con los católicos o bien con los monofisitas.

Los Azules eran católicos y apoyaban a los emperadores católicos. En cambio, los Ver­des eran monofisitas y apoyaban a los emperadores monofisi­tas. Ambas facciones patrocinaban pandillas callejeras, llamadas partisanos. Los partisanos usaban pantalones y botas semejan­tes a los de los hunos, así como camisas de mangas holgadas donde guardaban las dagas. Se afeitaban la parte delantera de la cabeza y llevaban el pelo largo en la parte posterior.

El 10 de enero del año 532 se había reunido una enorme multitud con el objeto de presenciar las ejecuciones de los tres hombres detenidos en una pelea entre cristianos y los monofisitas. Los tres habían sido condenados a muerte por horca. Cuando se abrió la trampilla de­bajo de sus pies, los tres cuerpos cayeron. Pero dos de ellos, en lugar de quedar colgando, terminaron en el suelo. La soga de cada uno de ellos se rompió.

Tras un momento de es­tupor, el verdugo y sus ayudantes se apresuraron a subir a los dos convictos (uno verde y otro azul) al cadalso para col­garlos de nuevo. Las sogas, sin embargo, volvieron a romperse.

Los ejecutores estaban atónitos. La muchedumbre mur­muraba. ¿Acaso Dios les mandaba una señal? Varios monjes de un monasterio cercano se apresuraron a socorrer a los prisio­neros, los metieron en un bote y, luego de cruzar el Cuerno de Oro, les dieron asilo en una iglesia.

El prefecto de la ciudad, quien había condenado a muerte a los reos, envió guardias a la iglesia a fin de capturarlos apenas salieran de allí. Tanto lo Azules como los Verdes se disgustaron.

El inicio de los disturbios de Nika

Tres días más tarde, el 12 de enero de 532, comenzaban los Idus de Enero. Una fecha que, tradi­cionalmente, se celebraba con carreras de carros en el hipódromo.

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Ruinas del Hipódromo de Constantinopla

Cuando el em­perador hizo su aparición en el hipódromo, los Verdes y los Azu­les le imploraron que perdonara a los fugitivos. Justiniano guardó silencio. Al comenzar la vigésimo segunda carrera, el hi­pódromo entero gritó al unísono: «Larga vida a los Verdes y los Azules». Una reacción que sin duda debió de chocar a cualquier observador neutral, ya que los Ver­des y los Azules jamás coincidían en nada.

Esa noche, una muchedumbre de azules y verdes le exigie­ron al prefecto retirar sus guardias. Éste se negó. La multitud enfurecida irrumpió entonces en el cuartel general, asesinó a algunos oficiales, abrió las puertas de la cárcel y liberó a todos los prisioneros. Luego los insurrectos incendiaron varios edifi­cios y, al propagarse el fuego, otros edificios fueron pasto de las llamas, incluida la imponente iglesia de Santa Sofía.

El pueblo se había organizado y las revueltas continuaron. Los oficiales de las facciones verde y azul, que eran romanos de alto rango, asumieron el liderazgo, en tanto que los partisanos, los granjeros desposeídos y los sirvientes armados de los gran­des magnates aportaron la fuerza bruta.

Para identificarse, los insurrectos proferían el tradicional grito de triunfo en las carre­ras de carros: «¡Nika!» (victoria o conquista). Por esta razón, los historiado­res dieron en llamar a este movimiento la Rebelión de Nika.

Los dos regimientos apostados en la ciudad se negaron a moverse. Belisario, quien había regresado triunfante de la gue­rra persa, lanzó su ejército privado contra los insurrectos. Lo mismo hizo otro general, Mundo, quien había llegado al fren­te de un grupo de auxiliares hérulos.

Sin embargo, la turba lo­gró encerrar a los soldados en las calles laberínticas de la ciudad y los atacó desde todos los flancos. Las acorraladas tropas no pudieron hacer nada.

El 18 de enero del año 532, una semana después de las fallidas ejecu­ciones, Justiniano, la emperatriz Teodora, Belisario, Mundo, sus tropas y unos pocos oficiales escogidos se refugiaron en el palacio. Mientras los Azules y los Verdes coronaban a Hipacio como nuevo emperador. Juan de Capadocia ins­tó al emperador a huir de inmediato.

La decisión de Justiniano: huir o atacar

El emperador tenía entonces dos opciones: huir o intentar vencer a la rebelión. Ante la disyuntiva de escapar o no, fueron las palabras de su esposa las que resolvieron la crisis. Justiniano compartía el trono con su esposa Teodora. La emperatriz, una hermosa mujer de cabello oscuro, era mucho más joven que Justiniano, quien al subir al trono tenía alrededor de cincuenta años.

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El Emperador Justiniano y su esposa Teodora

Había sido actriz, lo que en aque­llos tiempos era sinónimo de prostituta. Además, era monofisita y Justiniano, católico. A despecho de sus diferencias y de sus orígenes, Teodora fue fiel a Justiniano toda la vida, y él también le guardó fideli­dad.

Las palabras que la Emperatriz Teodora le dijo a su marido el Emperador Justiniano fueron:

«Si deseas salvarte, oh Emperador, no habrá inconveniente alguno. Tenemos dinero de sobra. El mar está allá con sus barcos. Sin embargo, piensa que, cuando te hayas escapado a un lugar seguro y estés a salvo, tal vez prefieras la muerte a la seguridad

La estrategia de Justiniano: Belisario y Narsés

Justiniano estaba de acuerdo con su esposa y preparó un plan para poner fin al motín de los verdes y azules. Este plan iba a depender de dos personajes insólitos: el oficial militar Belisario y Narsés, el secretario privado del emperador.

Belisario, quien todavía no había cumplido los treinta años, también se había casado con Antonina, una actriz amiga de Teodora. De hecho, la boda se había celebrado poco antes de la rebelión. Es probable que el amorío de Antonina con Belisario haya contri­buido a encumbrar al joven soldado.

En la guerra contra Persia, había demostrado ser digno de la fe que el emperador tenía en él. En Constantinopla, sin embargo, sus gestiones habían re­sultado insustanciales. Por lo tanto, para llevar cabo con éxito el plan de Justiniano, Belisario dependía de la actuación del hombre a quien le tocaba desempeñar el papel más difícil: Narsés.

Justiniano planeaba convertir a Narsés en gran chambelán, el se­gundo civil más poderoso del imperio. Pero Narsés había sido esclavo, además de eunuco. Lo habían castrado de niño en su Persarmenia natal (la parte de Armenia ocupada por Persia) para que pudiera servir en los harenes del Imperio Aqueménida. Terminó finalmente en el mercado de esclavos de Constantinopla, donde atrajo la atención de Justiniano.

La inteligencia, la lealtad y la capacidad de trabajo de Nar­sés impresionaron a Justiniano. El soberano no necesitaba un guardia de harén, pero podía aprovechar sus dotes intelectua­les.

Narsés, unos cinco años mayor que el emperador, se con­virtió en un hombre libre y no tardó en escalar posiciones den­tro del servicio imperial. No sólo era brillante, sino generoso y gregario, cualidades que le permitieron llegar a ser uno de los funcionarios más populares de la corte. Además, como lo iba a demostrar muy pronto, era un hombre de un coraje extraordinario.

La ejecución del plan

Justiniano ordenó a Belisario y a Mundo que llevaran sus tropas a las dos entradas del hipódromo. Una vez más las fuer­zas imperiales volverían a encontrarse con los rebeldes, pero en esta ocasión Narsés se encargaría de allanarles el camino.

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Justiniano entregó a su secretario una bolsa con monedas de oro. El pequeño y flaco eunuco entró en el hipódromo solo y desarmado. Caminó por entre la aullante multitud que ya había asesinado varios centenares de personas. Luego circuló por el sector de los Azules, saludó a los conocidos y se acercó a hablar con los líderes de esa facción.

Les recordó que Justinia­no era católico y que había favorecido a los Azules durante el reinado de Justino. También señaló que Hipacio, el hombre que estaban proclamando emperador, pertenecía a los Verdes. Les preguntó cómo era posible que apoyaran a los Verdes y luego les entregó el oro.

Tras deliberar entre ellos, los líderes Azules hablaron en secreto con sus secuaces. De pronto, en medio de la coronación, todos los Azules dieron media vuelta y salieron en tropel del hipódromo, frente a la perplejidad de los verdes.

Antes de que estos últimos pudieran recobrarse de la sorpresa, los soldados de Belisario y Mundo los atacaron. Los verdes no tuvieron la oportunidad de organizarse. Los soldados mataron a 30.000 hombres y de ese modo se puso fin al problema de las facciones.

Consecuencias

El emperador estaba ahora en condiciones de reconstruir la ciudad devastada por el fuego y construir la nueva Santa So­fía, iglesia aún considerada una de las maravillas del mundo. Justiniano podía dedicarse a reconquistar África e Italia, una ta­rea hercúlea llevada a cabo en rigor por Belisario y el increíble Narsés.

Por último, el emperador dio comienzo a su mayor logro: la codificación del derecho. Gracias a ello, la civilización oc­cidental empezó a regirse por el imperio de la ley y no por los fluctuantes caprichos de una serie interminable de tiranos.

Si bien es probable que ninguno de los participantes fuera consciente de ello, este momento representó un punto de in­flexión en la historia. Si Justiniano hubiera huido, su anhelado proyecto de codificar el derecho romano jamás se habría con­cretado.

En casi toda Europa, África y las Américas, el derecho civil y penal deriva del código de Justiniano. Y aunque en el Reino Unido, en la mayor parte de Estados Unidos y en el res­to del mundo el derecho no se basa directamente en el código romano, su influencia es innegable.

La forma que iba a adoptar la civilización en los dos mil años siguientes, dependía de las acciones de una serie de perso­najes totalmente insólitos.

La llegada al poder de Justiniano

El emperador Justiniano, nació con el nombre de Pedro Sabacio en una pequeña granja de lliria, en el norte de Grecia. Años antes, su tío, Justino, se había incorporado al ejército. Justino apenas sabía leer y escribir, pero conocía las tácticas militares lo suficiente para convertirse en conde de los Excubitores, esto es, comandante de una de las uni­dades de élite del ejército.

Instalado en la capital, mandó buscar a su sobrino y se ocupó de darle una educación. Pedro pasó a ser el secretario de su tío, y para éste ello significaba que era su hombre de confianza.

En el Imperio Romano la sucesión al trono no dependía de la herencia. En teoría, el senado, el ejército y el pueblo procla­maban al emperador, pero en la práctica la elección recaía casi exclusivamente en el ejército, donde las facciones desempeña­ban un papel de suma importancia.

Tras la muerte del viejo em­perador, las intrigas de Pedro con los funcionarios militares y religiosos permitieron el ascenso al trono de Justino, quien le otorgó el rango de patricio y lo nombró comandante en jefe de las fuerzas armadas.

Cuando Justino enfermó, no vaciló en nombrarlo co-emperador. Pedro Sabacio decidió entonces cam­biar su nombre por el de Justiniano y, al morir su tío, pasó a ser el único emperador.

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