origen e historia del vaso desechable

La historia del vaso desechable puede parecer la de un invento sin importancia y simple. Nada más lejos de la realidad, porque esta idea colaboró enormemente a la buena salud e higiene de la población. En CurioSfera-Historia.com, te explicamos quién inventó el vaso desechable, y también cuál es el origen e historia.

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Quién inventó el vaso desechable

El inventor del vaso de papel desechable es el estadounidense Hugh Moore en el año 1908. A este ciudadano se le había ocurrido vender el trago de agua. Moore estaba convencido de que nada satisfacía tanto como calmar la sed.

Diseñó entonces unos vasitos de papel tratados en su parte interior con parafina, y fue un éxito, no por el agua, sino por el vaso en sí, que la gente compraba como recipiente novedoso que había caído en gracia.

cuándo se inventó el vaso desechable

Es más, aquel vasito fue la primera piedra para una industria muy importante. Moore diseñó y fabricó un aparato de porcelana destinado a almacenar en su interior una cantidad de agua muy fría y muy pura.

Era la predecesora de las máquinas dispensadoras de agua fría que más tarde se distribuirían por oficinas y lugares públicos.

La finalidad era sencillamente servir un vaso de agua de calidad a quien quisiera. Moore registró su invento con el nombre de Penny Water Vendor, o dispensador de agua por un centavo.

La máquina contaba de tres compartimentos: uno para el hielo, otro para el agua y el tercero para depósito de los vasos usados. Sobre la máquina se podían leer instrucciones al respecto de no utilizar vasos usados: lo que se vendía era el agua, el vaso era un accesorio, pero el vaso era lo que más costaba.

El éxito del vaso desechable

Una serie de circunstancias llevó a Moore al éxito. La Anti-Saloon League neoyorquina apoyó la novedosa máquina del señor Moore. Entusiasmados sus miembros insertaron anuncios publicitarios sobre sus bondades en los periódicos de la época explicando cómo los hombres que lo que querían realmente era refrescar sus gargantas y aplacar la sed acudían a bares y tabernas para beber cuando acaso un vasito de agua les hubiera bastado.

La famosa y algo fanática liga antibebida aconsejaba instalar dispensadores de agua en las esquinas como forma ideal de vencer la tentación de la bebida alcohólica.

De hecho, numerosos puntos estratégicos de Nueva York vieron cómo de la noche a la mañana se llenaban de Penny Water Vendors.

Pero al principio nadie picaba, a pesar de lo estratégico de su ubicación en paradas de tranvías y autobúses. Moore estaba preocupado con su American Water Supply Company, desplegada ya por todo el estado de Nueva Inglaterra.

Andaba desalentado cuando conoció a Samuel Crumbine, funcionario de sanidad pública. El doctor Crumbine iba a ser la solución. Por entonces los lugares públicos ofrecían agua, pero no había llegado hasta ellos la idea del vaso desechable, sino que utilizaban todos el mismo: una especie de taza de metal que sólo se lavaba de uvas a peras, y desde luego nunca era esterilizada.

De aquella taza bebía todo el mundo, supuestamente también los enfermos. Crumbine sabía que aquello era un riesgo, y se convirtió en el apóstol de la cruzada contra el contagio consiguiendo una ley que aboliera aquellos usos y cerrara los grifos públicos.

Pero aunque la solución eran los vasitos desechables de Hugh Moore no fue fácil conseguir fondos, y eso que Moore se dirigía a todo tipo de autoridades. El problema estribó en que no todos estaban convencidos de la insalubridad de la costumbre de beber todos del mismo vaso.

Pero Moore conoció al hombre adecuado, un banquero neoyorquino hipocondríaco, enemigo de los grifos públicos, que invirtió en el negocio cerca de un cuarto de millón de dólares.

Se produjo el milagro, en 1909 la compañía de Moore se transformó en la Public Cup Vendor Company. Además de la buena disposición del banquero, el ambiente científico del momento era adecuado.

El vaso desechable: una cuestión de higiene y salubridad

En algunos estados, como el de Kansas, se aprobó en 1909 una ley por la que se prohibía el uso de tazas o vasos de uso común para evitar contagios. La tuberculosis, que a la sazón era una enfermedad temible, podía contagiarse de aquella manera insana de beber.

Uno de los profesores de biología de la Universidad de Lafayette se tomó el cuidado de mirar bajo el microscopio fragmentos de distintas tazas de uso público y publicó un alarmante informe en el que daba a conocer la naturaleza de los gérmenes encontrados.

Aquello hizo que otros muchos estados de la Unión redactaran leyes similares a las de Kansas y se recomendara el uso de vasos individuales en lugares públicos, como estaciones del ferrocarril, colegios y hospitales.

Moore vio el cielo abierto. Para acomodarse al vocabulario del día cambió de nombre a su empresa, que llamó a partir de entonces Individual Drinking Cup Company.

Todo el mundo pugnaba ahora por hacerse con sus dispensadores de agua y con sus vasitos desechables, vistos por fin como paradigma de salubridad pública.

Todo el mundo hablaba de salud pública, todo el mundo andaba receloso de posibilidades de contagio. Nuevamente el inteligente Hugh Moore adaptó su invento a los tiempos y rebautizó a su compañía con el nombre de Health Kups: los vasitos desechables eran nada más y nada menos que “copas o vasitos de salud”.

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