origen e historia de la peluca

La historia de la peluca nos demuestra, como el ser humano ha querido cuidar su imagen desde hace miles de años. La calvicie siempre ha existido y ningún hombre o mujer de buena posición podía permitirse mostrar su calva. En la Antigüedad, llegó a ser un auténtico producto de lujo. En CurioSfera-Historia.com, te explicamos el origen e historia de las pelucas.

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Origen de la peluca

Si el peine fue uno de los primeros inventos del hombre, la peluca debió de ser el segundo. El miedo a la calvicie es antiquísimo; hace cinco mil años ya se utilizaban lociones y tónicos capilares entre egipcios y babilonios a fin de evitarla.

Sin embargo, la calvicie fue un mal difícilmente evitable. Se llegaba a ella con facilidad por los materiales utilizados para teñir el cabello, por lo que cuando éste desaparecía, el único remedio era ponerse peluca.

Se han encontrado pelucas incluso sobre las cabezas de momias faraónicas que no querían emprender calvas el viaje a la eternidad. Paradójicamente las mujeres egipcias del entorno nobiliario y de la familia del faraón estaban obligadas a raparse la cabeza y poner pelucas ceremoniales sobre sus calvas.

Historia de la peluca en la Antigüedad

También la Grecia Clásica, que tomó esta costumbre de los persas, las utilizó. En Roma la calvicie era vista como deformidad física, y la peluca fue objeto popular. Emperadores como Caracalla, del siglo II, y Domiciano, del siglo I, calvos prematuros, no prescindían de ella.

En el siglo I, Mesalina, esposa de Claudio, era adicta de la peluca y la utilizaba en sus correrías nocturnas por los antros de la ciudad según relata Juvenal en su obra Sátiras.

Otros pueblos antiguos, como los cartagineses, la utilizaban. Cuenta Tito Livio en su obra Décadas que Aníbal usaba peluca para pasar inadvertido entre sus tropas.

En la Antigüedad, la peluca era un artículo de tan gran demanda que llegó a tener precio tasado. En todos los burdeles las había porque a las prostitutas les encantaba ponérselas para sorprender a sus clientes habituales.

Por lo general se prefería la peluca rubia, símbolo de la lujuria: el color amarillo se identificaba con ramería y vida prostibularia.

Del mismo modo, la emperatriz Faustina, esposa de Marco Aurelio (145), tenía ciento cincuenta pelucas de todas las clases y colores. También las divinidades, cuyas estatuas, generalmente pintadas, las lucían.

La peluca era signo externo de riqueza y con el tiempo lo fue también de preeminencia y estatus a pesar de las pegas que el cristianismo primitivo puso a este artículo, considerado como resto paganizante.

Historia de la peluca en la Edad Media

Las largas, hermosas, lustrosas y a menudo olorosas trenzas que las doncellas llevaban en la Edad Media eran pelo postizo añadido al propio.

San Jerónimo amonestaba a las mujeres cristianas del siglo IV por no abandonar la diabólica prenda, diciendo que tales mujeres “con ayuda de cabellos ajenos construyen sobre sus cabezas edificios postizos”.

Por lo general, peluca y postizo se hacían con pelo perteneciente a la familia; el pelo para las pelucas destinadas a la venta se compraba a los dueños de esclavos.

Antes del año 1000 los hombres lucían pelucas. Eran toscas, a menudo de pelo animal mal aderezado y sucio que había que teñir y empolvar hasta darles el volumen deseado. Eran enormes y tan pesadas que a veces sobrepasaban los dos kilos siendo causa de jaquecas y apoplejías.

Historia de la peluca en el Renacimento y Edad Moderna

En el Renacimiento la peluca fue objeto decorativo. Isabel I de Inglaterra tenía ochenta, según ella para no ser menos que su pariente María I Estuardo, reina de Escocia. La peluca estaba en todas las cabezas, incluso en la del filósofo Descartes, que dejándose ganar por la moda tenía una docena.

En el siglo XVII las pelucas llegaron a ser parte del vestido. Carlos II de Inglaterra solía lucir en ocasiones solemnes una de las pelucas más impúdicas de la historia: elaborada con vello procedente del pubis de las muchas mujeres a las que había amado, y de sus cortesanas y favoritas.

El rey francés Luis XIII, que sufría de alopecia desde joven, vio en ellas su salvación y declaró ante su Corte: “Señores, desde hoy ya no hay calvos en mi reino”. Luis XIV tenía cabellera abundante, por lo que no se llevaron demasiado las pelucas hasta 1670, en que empezó a perder pelo.

Se pusieron entonces de moda las pelucas del abate De la Riviera, que caían en cascada sobre el pecho y la espalda en rizos dorados. Eran caras: ochenta francos la onza o treinta gramos.

Las pelucas de señora alcanzaban gran altura y se montaban sobre una estructura de alambre y una vez aderezadas se procedía a su empolvado y engrasado para mantenerlas compactas.

En la Inglaterra del siglo XVIII causaron furor; también en Prusia, donde Federico II las gravó con fuertes impuestos viendo en ellas una fuente de ingresos.

En tiempos de los primeros Borbones en España, estuvieron muy de moda. Era moda un tanto traída por los franceses tras el cambio de dinastía, y no hubo personaje, tanto varón como dama que se preciaran de estar a la moda, que no tuviera al menos una docena de pelucas en su casa: tener o no tener pelo no era la cuestión; la peluca se imponía ya como moda cortesana.

Luis XIV tenía tantas como días tiene el año, y su nieto, el rey de España Felipe V no menos de un centenar. Todavía a finales del XVIII Carlos IV tenía ochenta, y se consideraba de mal gusto presentarse en público con el cabello propio o sin cabello alguno, ya que la calvicie era vista como una forma de desnudez.

Viejos y jóvenes usaban peluca en la Corte. Pero a principios del siglo XIX decayó el gusto y a mediados de ese siglo cayó su boga en picado. También para entonces comenzaba su rápido declive.

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