quién inventó el lavavajillas

El lavaplatos es un ingenio inventado por una mujer. Su creación supuso toda una revolución en el mundo de la hostelería primero, y en el hogar después. Pero ¿quién inventó el lavavajillas?, ¿cuándo y dónde se creó?, ¿cómo surgió la idea? Para responderte a estas y muchas otras preguntas En CurioSfera-historia.com te explicamos la historia del lavaplatos y su origen.

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Quién inventó el lavaplatos

La inventora del lavavajillas fue Josephine Cochrane en el año 1886 en los Estados Unidos de América. Era una mujer rica, esposa de un político norteamericano y nieta de John Fitch (inventor del barco de vapor). Patentó su invento el mismo año 1886 y lo presentó en la Exposición Mundial de Chicago, donde en 1893 obtuvo el primer premio.

cuándo se inventó el lavavajillas
Josephine Cochrane inventó el lavaplatos en 1886

El origen del lavaplatos es bien sencillo. La Sra. Cochrane, cansada de que el servicio rompiera copas, vasos y platos de su rico aparador de porcelana, fue quien tubo esta idea al grito de: “¡Si nadie inventa una máquina lavaplatos, tendré que inventarla yo!”

Rápidamente, se puso manos a la obra en un cobertizo junto a su casa donde mandó construir unos compartimentos estancos de tela metálica para platos de distintos tamaños y piezas de cristal.

Compartimentos ajustados en torno a una rueda montada sobre una caldera de cobre que al accionar un motor daba vueltas con su carga de platos y copas mientras de la caldera una lluvia de agua caliente jabonosa caía sobre la vajilla.

A pesar de lo tosco del diseño, funcionó. Y no solo eso, sino que lo hacía de manera tan aceptable que dejó asombradas a las adineradas amigas de Josephine Cochrane, que al ver los resultados comenzaron a hablar del lavaplatos y a pedir a su amiga que les fabricara uno.

Era la única solución contra la irresponsabilidad y mala fe de la servidumbre cuyos “descuidos” terminaban con valiosas piezas de porcelana y cristal.

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Evolución y expansión del lavavajillas

Los primeros lavavajillas de la historia eran de un tamaño acaso excesivo, y aunque sus clientes más numerosos fueron las cadenas de hoteles y restaurantes, la señora Cochrane trabajó en el diseño de modelos más pequeños para uso de particulares, cosa que consiguió en 1914.

Esta versión del lavaplatos no consiguió el apoyo del público debido a tres razones de peso, las tres ajenas a la bondad del invento:

  1. En muchos hogares se carecía de agua caliente necesaria.
  2. En muchas ciudades americanas el agua era excesivamente dura.
  3. La conexión a la red eléctrica todavía no se había generalizado a principios del XX.

A todo ello se unía el problema de que la señora Cochrane jamás había lavado un plato y desconocía los problemas reales del ama de casa, para quien la fregada no suponía un problema ni una tarea tan odiosa como podía suponer la colada.

La primera empresa fabricante de lavaplatos hizo encuestas que mostraban que entre los años 1915-1920 las amas de casa se relajaban tras la cena lavando los platos en el fregadero, mientras sus hijos iban a la cama.

La mayoría de ellas manifestaron: “Fregar platos y cacerolas al final del día nos sirve para pensar acerca de lo que ha dado de sí…”. Desde luego, aquellas encuestas ponían en peligro la comercialización exitosa del lavavajillas.

Eso pensaron sus fabricantes, que en vista de tales encuestas adoptaron otra táctica publicitaria (ver historia de la publicidad). Tras muchos estudios cayeron en la cuenta de que el lavaplatos, como era una máquina podía usar el agua a una temperatura tan alta que la mano humana no podría soportar, lo cual era una ventaja.

Las altas temperaturas eran una buena baza porque purificaba los cacharros que limpiaba matando los gérmenes, a la par que dejaba los platos y la cubertería más limpios.

La obsesión por la higiene vino de la mano del miedo a las infecciones, a los gérmenes y microbios: el lavavajillas sería un instrumento más para combatirlos eficazmente, y la publicidad vio el cielo abierto en aquel campo.

Pero la lucha fue lenta; costó ganarse el mercado. A pesar de la aparente bondad del invento el lavaplatos no dio beneficios hasta la década de 1950 en Norte América, cuando la prosperidad de la posguerra elevó el nivel de vida.

Se puso de moda entonces de manera providencial para el lavaplatos, la siguiente frase: “El tiempo perdido lavando platos es tiempo robado a la intimidad con los tuyos”.

Estaba claro el mensaje: el tiempo hay que destinarlo al ocio, y era importante para los incipientes movimientos de liberación de la mujer, liberación que se intuía debería empezar por donde más las había esclavizado: la cocina.

Además, su marido y sus hijos también podían… apretar el botón. Así, apelando al orgullo femenino, triunfó el lavavajillas.

A ello contribuyó mucho el descubrimiento en 1932 de un detergente especial para semejante máquina, el Calgón; la introducción de novedades como el lavavajillas automático en 1940 y un cúmulo de circunstancias sociológicas, como los movimientos de emancipación de la mujer y el ingreso de ésta en el mercado laboral.

Origen de la palabra lavavajillas

En cuanto al término “vajilla” hay que decir que es una voz relativamente moderna. En la España de Cervantes el conjunto de platos y demás enseres relacionados con el servicio de mesa recibía el nombre de “aparador”.

La palabra “vajilla”, aunque se empleaba en Castilla a principios del siglo XVI, seguía teniendo cierto matiz culto. Es una voz de origen valenciano, en cuya lengua vaixella dio lugar al término, a su vez del latín vulgar vascela, plural de vascellum= vasija pequeña.

En asturiano todavía se llama “vasa” al conjunto de vasos y platos; y en otros romances peninsulares: vasar y vasal: especie de armario que suele haber en las cocinas para colocar los vasos y platos.

Antaño, al conjunto de recipientes se le llamó “vasija”, término arribado por vía semiculta de una voz latina: vasilia, sinónimo de utensilia, voces que existían en documentos leoneses del siglo XI.

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