origen e historia del aluminio

El aluminio se conoce desde la Antigüedad, y quizá desde la alta antigüedad. Tras el oxígeno y el silicio es el elemento más extendido en la superficie terrestre. En CurioSfera-Historia.com, te explicamos la historia del aluminio, su origen y expansión.

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Historia del aluminio en la Antigüedad

Veinte siglos antes de nuestra era, tanto los egipcios como los babilonios habían incorporado aluminatos de forma habitual en diversos productos de sus respectivas farmacopeas.

Los aluminatos son, entre otras cosas, antiácidos gás­tricos (y tóxicos potenciales del sistema nervioso).

Los romanos lo utilizaron frecuentemente desde el siglo V a. C., fundamentalmente para fijar tinturas en tejidos. Este uso explica el origen de la palabra moderna, ya que los romanos designaban las sales de aluminio con el nombre de alumen.

Existen razones para creer que los romanos conocieron el aluminio como metal y que lo utilizaron para fabricar objetos.

En el capítulo XXXVI, el penúltimo, de su Historia Naturalis, Plinio el Viejo cuenta una anécdota que mucho más tarde retoma Isidoro de Sevilla en el libro XVI de sus Etimologías: un artesano romano presentó, hacia el año 1 de nuestra era una copa de un metal nuevo, brillante y ligero, al emperador Tiberio.

Algunos autores han visto en esto la prueba de que el aluminio ya había sido descubierto; no es improbable, pero esto no excluye formalmente la posibilidad de que la copa en cuestión estuviese hecha de una aleación particular, por ejemplo, de estaño y antimonio.

Historia de la extracción del aluminio

Formal­mente no se excluye que en otros tiempos se hubiera extraído metal, pero hasta el siglo XVIII no se comprendió definitivamente que los aluminatos podían contener un metal.

Desde 1807, el célebre quími­co inglés sir Humphry Davy se dedicó a la extracción de aluminio y, aunque no lo logró, adquirió la convicción de que existía una base metálica nueva, que llamó primero alumium, y más tarde aluminium.

El primero que logró la extracción del aluminio fue el físico y químico danés Hans Christian Oersted en 1825, quien observó que las amalgamas obtenidas se parecían en brillo y color al estaño.

En 1845 el alemán Friedrich Wóhler logró de nuevo su extracción y fue también el pri­mero en establecer las caracterís­ticas del metal: peso específico, ductilidad, color, etcétera. No obstante, el aluminio era aún tan sólo una curiosidad, y su extracción era muy costosa.

Retomando la técnica de Wóhler, el francés Henri Sainte-Claire Deville logró fundir fragmentos del tamaño de una cabeza de alfiler, como los que obtenía Wóhler, en bolas y luego en lingotes.

El primer lingote de aluminio se presentó en 1855 en la Exposición Universal de París. Esta vez se pudo entrever más claramente el interés industrial del nuevo metal.

Pero su destino actual no se estrenó hasta que el americano Charles M. Hall y el francés Paul-Louis Toussaint Héroult, de forma independiente, pusieron a punto, en 1886, la extracción de aluminio por electró­lisis, a partir de la bauxita.

Si pudieron perfeccionar el procedimiento de Sainte-Claire Deville porque la energía eléctrica estaba cada vez más disponible y costaba cada vez menos. En 1888 Héroult inventó el duraluminio, es decir, la primera aleación bronce-aluminio.

En 1890, el ale­mán Karl Joseph Bayer ponía a punto un método de extracción de aluminio puro a partir de minerales pobres en bauxita.

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