Historia de los tranquilizantes

La primera preocupación del hombre fue quitarse el dolor, y la historia de tamaña preocupación es en buena medida la historia de la Medicina. Aquella preocupación se sustanció en el hallazgo de medicamentos que paliaran el sufrimiento causado por la enfermedad. Se buscó la forma de calmarse por dentro: sedarse. En CurioSfera-Historia.com, te explicamos la historia de los sedantes.

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Origen de los sedantes

La ansiedad ha acompañado al hombre desde los comienzos de la Historia, con sus secuelas de insomnios, depresiones, agitación interior y tristeza. El hombre antiguo no fue inmune a las perturbaciones del espíritu, y también buscó remedio a ellas.

Los sedantes o tranquilizantes que ayudan a asentar al hombre fueron conocidos desde antiguo. Los primeros sedantes que se conocen contaban entre sus ingredientes principales con la manzana y la orina humana.

De hecho los barbitúricos derivan su nombre del de una enfermera de Múnich, Bárbara, que facilitó la orina para los primeros sedantes experimentales.

Pero no fue hasta 1860, en Alemania, cuando empezó a experimentarse con los primeros sedantes de laboratorio. Cinco años después, en 1865 el químico Adolf von Baeyer creía que el ácido de la manzana, de ahí que se llame ácido málico, combinado con la urea producía cierto sopor y somnolencia.

El producto en cuestión se reveló como un extraordinario calmante de la ansiedad y el insomnio, e incluso se recomendó para combatir estados maniacodepresivos, ya que inducía a estados de euforia positiva.

A pesar de la aceptación general de este producto, su introducción en el mercado fue lenta. Desde los experimentos de Baeyer hasta su comercialización transcurrieron varias décadas.

Se siguió investigando y depurando los ingredientes iniciales hasta que en los primeros años del siglo XX aparecería el Barbital, primer eslabón en una cadena de medicamentos sedativos de muy diferente gradación.

Drogas como el Nembutal o el Seconal se convirtieron en palabras de uso generalizado, creándose un extendido comercio en torno a los medicamentos que combatían la angustia vital, enfermedad de moda entre los intelectuales.

Los barbiturados de principios del siglo XX actuaban mediante interferencia de los impulsos nerviosos del cerebro, con lo que se lograban estados de calma.

Pero fueron los insomnes quienes usaron y abusaron de esta droga, positiva si se vigilaba su uso, pero muy negativa y peligrosa cuando se tomaba sin discreción, ya que podía crear adicciones físicas.

En 1933 las investigaciones en el campo de la sedación descubrieron un nuevo remedio no barbitúrico: la benzodiacepina, que no tardó en llegar al mercado bajo distintos nombres comerciales.

Al principio no llamó la atención, ya que se seguía confiando en los barbitúricos como remedio eficaz y de escasa capacidad adictiva, pero hacia la década de los cincuenta la opinión médica cambió.

Los experimentos mostraron que la benzodiacepina era un poderoso somnífero que a su vez anulaba la agresividad. En la década siguiente estos tranquilizantes menores, como se los denominó, se convirtieron en los números uno de los recetarios médicos americanos.

La toma de sedantes se convirtió en uno de los hábitos más extendidos en la cultura occidental hasta la actualidad.

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