quién inventó el pararrayos

La historia del pararrayos cuenta ya con más de 260 años. Este invento, en apariencia parece muy simple, pero se creó después de desarrollar complejas teorías sobre la relación entre la electricidad y los fenómenos atmosféricos. En CurioSfera-Historia.com, te explicamos quién inventó el pararrayos, cuál es su origen y cómo se llegó a conseguir este ingenio.

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Quién inventó el pararrayos

cuándo se inventó el pararrayos - Benjamín Franklin es el padre del pararrayos

El inventor del pararrayos es el científico norteamericano Benjamín Franklin el 15 de junio de 1752.

En esa fecha, Franklin consiguió atraer un rayo con una cometa que fabricó y que contenía partes metálicas.

Esta fue la confirmación de sus teorías y acto seguido decidió construir el primer pararrayos de la historia. Una punta metálica colocada verticalmente y conectada al suelo mediante un alambre metálico conductor.

Benjamín Franklin, científico y político

Benjamín Franklin nació en 1706 en Boston (EE.UU.). A los quince años, funda su primer periódico. En 1723 viaja a Nueva York, luego a Filadelfia, y finalmente a Londres. Vuelve a Filadelfia en 1726 y abre una imprenta en 1730.

En 1732, publica su Almanach. Convertido en hombre público, es nom­brado secretario de la Asamblea de Pensilvania en 1736. Después, en 1746, Inicia sus investigaciones sobre los fenómenos eléctricos.

A partir de 1748, consagra la mayor parte de su tiempo a la ciencia. Sin embargo, en 1757, decide lanzarse en la defensa de la causa de la Independencia de Estados Unidos.

Es enviado a Londres para representar los intereses coloniales estadounidenses, donde permanece de 1757 a 1775. Lucha por el ideal federalista y parti­cipa en la redacción de la declara­ción de independencia estadouniden­se de 1776.

Enviado en misión diplomática a Francia, por cuenta de los Estados ameri­canos en lucha contra Inglaterra, de 1777 a 1785, obtiene una sustancial ayuda por parte de los franceses en favor de los insurgentes.

Participa en la firma del tratado de paz con Inglaterra, en 1782, y desempeña un papel importante, durante la Convención de 1787, en la redacción de la Constitución de Estados Unidos. Se retira de la vida pública en 1790, y muere ese mismo año.

Origen e Historia del pararrayos

Varios historiadores de las ciencias observan que la similitud entre el rayo y la electricidad fue descubierta antes de los trabajos de Benjamín Franklin.

En el siglo XVIII, se solía decir comúnmente, como el físico francés Jean Antoine Nollet, que “la electricidad es entre nuestras manos, lo que el relámpago entre las manos de la naturaleza”.

origen del pararrayos

Habrá que esperar los experimentos de Benjamín Franklin, en 1752, para que esta identidad sea confirmada y que el pararrayos sea una realidad.

En 1749, el célebre científico estadouni­dense inicia una reflexión acerca de la naturaleza del relámpago.

Con el fin de disponer de un modelo coherente que justifique la identidad entre la electricidad y el rayo, comienza por describir la electrificación de las nubes.

Según él, ésta es posible debido a la vaporización de partículas de agua de mar eléctrica­mente cargadas, que se rijan a partículas de aire, acentuando de esta manera las fuerzas de repulsión.

Esto tiene como consecuencia rarificar el aire cargado de agua vaporizada y electricidad. Por esta razón, se vuelve más ligero que el aire circundante y, por lo tanto, puede elevarse y crear formaciones nubosas.

Un fenómeno eléctrico

Cualquiera que fuese el valor científico de esta conjetura, se debe destacar, como hace el historiador estadounidense Bernard Cohen, que, desde el mes de abril de 1749, Franklin ya suponía que el rayo era un fenómeno eléc­trico, y que había elaborado un mecanismo para probar la electrificación de las nubes.

Seis meses más tarde, Franklin envía una carta a uno de sus amigos, el Dr. John Mitchel, de Filadelfia, en la que destaca otros doce puntos de similitud entre el rayo y la electricidad. Termina la carta con estas palabras:

El fluido eléctrico es atraído por los objetos puntiagu­dos. No sabemos sí esta propiedad se encuen­tra en el rayo. Pero, ya que tienen en común otros numerosos puntos, gracias a los cuales podemos compararlos entre ellos, ¿no sería posible que también tuvieran este punto en común?. Hagamos la prueba”.

El enunciado de la hipótesis

Franklin está persuadido de los resultados del experimento, incluso antes de haberlo realiza­do. En efecto, en su carta escribe cómo el rayo es atraído por las colinas altas, los árboles, las torres, los campanarios, los mástiles de los barcos, las chimeneas, etc.

Ahora bien, varios experimentos habían mostrado que, cuando se descarga electricidad de un generador en presencia de una aguja colocada verticalmente sobre el suelo, ésta absorbe el golpe eléctrico e impide la propagación de la corriente hacia un objeto de metal ubicado a su lado.

Se puede, entonces, deducir que una punta metálica colocada verticalmente podría absor­ber de la misma manera el rayo engendrado por las nubes.

Bastaría con unir, mediante un alambre conductor, este “pararrayos” a la tie­rra (o al agua en el caso de un barco) para que la electricidad del rayo sea totalmente absor­bida y evitar que los hombres y las estructuras sufran su efecto.

Dos experimentos célebres

Sin embargo, antes de alcanzar esta etapa de su demostración, Franklin quiere probar primero de manera irrefutable la identidad entre la elec­tricidad y el rayo, y el hecho de que éste es efectivamente atraído por los objetos en forma de punta, del mismo modo que la electricidad es atraída por una aguja.

Para esto, idea un experimento muy arriesgado, denominado “experimento del centinela”. Éste consiste en instalar un centinela en una garita aislada eléctricamente, colocada en lo alto de una torre.

El centinela es conectado a una varilla de hierro que se alza entre 8 y 10 metros por encima de la garita. Esa varilla debe atraer al rayo y, según Benjamín Franklin, acumular lentamente las cargas eléctricas, que en seguida serán expulsadas como chispas por el centinela.

El experimento es llevado a cabo con éxito en mayo de 1752, en Francia, pero, los experimentadores tuvieron suerte: la vara de hierro sólo captó un poco de electricidad producida por pequeñas perturbaciones provocadas por la tempestad en la baja atmósfera, y el centinela salió ileso.

El físico G. W, Richmann fue menos afortunado: el rayo que atrajo sobre sí al querer repetir el experimento de Franklin lo mató en forma instantánea.

Conexión a tierra

Si la identidad entre el rayo y la electricidad está absolutamente establecida, no es menos claro que un pararrayos debe estar dotado de una conexión a tierra, para no provocar una peligrosa acumulación de cargas eléctricas.

El segundo experimento de Franklin, que busca demostrar la electrificación de las nubes y que data del 1 de octubre de 1752, se realiza con un material convenientemente conectado a tierra. Pasa a la posteridad con el nombre del “experimento del volantín”.

De ahí en adelante, el dispositivo es de un uso absoluta­mente seguro, y los primeros pararrayos son instalados en lo alto de dos edificios públicos de Filadelfia, en 1752.

El nuevo invento de Franklin se propaga muy rápidamente, y sus experimentos son repeti­dos y confirmados por toda Europa.

El para­rrayos contribuye a dar a su inventor un renombre internacional: el científico Joseph Priestley escribe incluso que se trata de un “descubrimiento capital… quizá el más grande desde la época de sir Isaac Newton”.

En efec­to, es la primera realización práctica importante de la ciencia de la electricidad, y libera a la humanidad de una verdadera calamidad.

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