historia de la estufa origen

La historia de la estufa nos enseña que no siempre ha sido tan sencillo calentarse en los meses de más frío. En CurioSfera-Historia.com, te explicamos el origen de la estufa, también quién la inventó y cómo ha sido su evolución con el paso de los años.

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Origen de la estufa

En el mundo antiguo el hogar, palabra que en su origen significó fuego, era centro de la vida familiar.

Además de esta principal fuente de calor, existió en Roma un sofisticado sistema de calefacción del que habla el filósofo hispanorromano Séneca. Eran estufas de aire caliente que caldeaban el ambiente en las villas romanas en el siglo I.

Parece, no obstante, que fueron los chinos los primeros que construyeron hornos en los sótanos de las viviendas para calentar el agua que, conducida por cañerías empotradas en paredes, irradiaban el calor a los recintos, sistema en el que también se basa el hipocausto romano y la estufa de agua caliente que ya disfrutaron las familias patricias.

Evolución de la estufa y sus inventores

Aunque la estufa se conocía en el siglo XV, fue en 1744 cuando el norteamericano Benjamin Franklin puso en práctica sus conocimientos al respecto. Entre ellos los utilizados ya en 1624 por el francés Luis Savot, diseñador de un fogón en el que se hacía pasar el aire por un conducto situado por debajo del fuego, a fin de que una vez calentado penetrara en las habitaciones a través de rejillas situadas en las repisas de la chimenea.

En 1777 se puso al servicio de la gente la estufa de agua caliente. En Francia lo aplicó por vez primera el arquitecto J. Bonnemain.

Esta misma idea fue difundida en Estados Unidos en 1899 con la mejora notable del radiador, compuesto por distinto número de elementos por los que el agua corre a alta temperatura e irradia el calor en las estancias donde se instala, base de nuestra calefacción central.

La primera estufa de vapor supuso un paso adelante cuando apareció en el siglo XVIII, idea del escocés James Watt, inventor de la máquina de vapor, que la instaló en una fábrica. A todos pareció que aquello era el colmo de la comodidad en tiempo de frío, pero lo mejor o más práctico aún no había llegado.

Aunque el suizo Staiv y los franceses Talbot y Duvoir habían resucitado la vieja técnica del aire caliente para acondicionar las estancias en el siglo XIX, lo definitivo.

Tardó en aparecer, pero en el año 1892 la estufa eléctrica vio la luz: se patentó el primer radiador eléctrico. Consistía en un alambre enrollado sobre una placa de hierro colado, protegiéndose la totalidad del conjunto con un esmalte; el alambre conductor de la corriente quedaba ubicado en el centro de una pantalla parabólica que distribuía el calor en haz.

Cuando quisieron calibrar el alcance de tan útil artilugio, todos se dieron cuenta de que acaso ponían la carreta delante de los bueyes. Todo resultaba inútil porque en las casas aún no había conexión a la red, no había enchufes.

Menos mal que seguía funcionando bien la estufa cilíndrica de hierro, desde que se creó este artilugio en la primera mitad del siglo XIX, junto con el fogón de cocina de 1834, invento de Philo Penfield Stewart.

En 1906 Albert Marsh, halló una aleación de níquel y cromo que se ponía al rojo vivo sin fundirse. A partir de entonces el calefactor eléctrico comenzó a solucionar el problema del frío en los inviernos del hemisferio Norte.

Poco después, en 1912, los inventos del inglés C. R. Belling dieron lugar a la primera estufa eléctrica portátil de uso doméstico: la arcilla refractaria a cuyo alrededor podía enroscarse un alambre de aleación de níquel y cromo era el secreto, y con este importantísimo paso la estufa llegaba a su mayoría de edad. Posteriormente llegó la estufa de gas.

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