historia del duelo y el luto

Existe la costumbre de estar de duelo y guardar luto cuándo un ser querido o una persona importante fallece. Vestir de negro, banderas a media asta o suspender acontecimientos por la muerte de alguien muy popular, soldados caídos o por un accidente o desgracia es habitual en nuestra sociedad actual. En CurioSfera-Historia.com, te explicamos la historia del duelo y cuál es su origen.

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Origen del duelo y el luto

En la Antigüedad la ciudad era una caja de resonancia de los acontecimientos alegres y de los sucesos dolorosos.

Se celebraba con pompa el éxito de un atleta local en las Olimpiadas, en Atenas y en Roma, pero también se movilizaba el pueblo ante hechos desastrosos. Como derrotas en la guerra, muerte de un hombre importante, desgracias y calamidades públicas.

La ciudad funcionaba en este caso como una familia. Donde estaba el dolor o la herida, allí estuvo la colectividad, el vecindario y allí mismo se erigió un altar, costumbre hoy relegada a poner flores o encender velas.

En torno al lugar violentamente violado se congregaba la ciudadanía tres veces y se cantaban los himnos patrios. Pasado el primer impacto se preparaba la tumba, el lugar de reposo.

A la vista de los cadáveres se producía el planto o lloraduelos, y las lloronas o plañideras manifestaban la desesperación por los hechos.

La muerte no separaba a quienes estuvieron unidos en una misma plaza. Conducidos los nuevos héroes, consideración que era dada a los muertos en las calamidades públicas, eran llevados a la comida fúnebre, se derramaba leche, vino, frutas y panes dulces. Los muertos eran convertidos en dioses protectores que velarían sobre los vivos.

El luto y el duelo eran manifestaciones de dolor que se programaban, pero también brotaban de manera espontánea. A los ciudadanos les movía más que la fe el amor. Los muertos por la patria, por la ciudad, eran considerados como familia.

Se les recordaba siempre. La muerte no destruía los lazos del soldado muerto en la guerra, del marino sucumbido en la mar, del maestro alevosamente asesinado, del político querido por la gente o de las víctimas de una catástrofe.

Todos estos muertos estaban presentes siempre. La religión y la política se encargaban de convertirlos en semihéroes. En los primeros tiempos la tumba de los muertos en honor de multitud se situaba frente a una puerta para que al entrar y salir se pudiese dirigir a los difuntos una invocación y un saludo.

En caso de los muertos en la guerra los soldados espartanos tenían la precaución, en vísperas del combate, de poner en el brazo derecho una señal con su nombre y el de su padre para que en caso de resultar muerto pudiera ser llevado junto a los de su sangre.

A parecida costumbre alude Esquilo en su obra Los siete contra Tebas, al referirse a los guerreros que van a morir en el campo de batalla como “afortunados que van a ser llevados a las tumbas de la gloria”.

Los muertos de la ciudad en catástrofes o matanzas tenían consideración especial. La muerte heroica era en el mundo antiguo tan importante como la vida. La muerte sufrida por el bien de la ciudad o del pueblo elevaba al difunto a categoría divina. Los así muertos vivían en el recuerdo. Eran patrimonio y propiedad sagrados.

A este respecto, la religión oficial daba a la casa que habitaron en vida la condición de templo. Se iba en romería para que el ejemplo del muerto heroico fuera enseñanza para los vivos. Se consideraba dichoso a quien moría por su ciudad, o en su ciudad a manos de los que la odiaban.

Estas muertes eran siempre un acontecimiento. Se daba noticia de los hechos primero a los familiares, que podían delegar en la autoridad local los preparativos. El cadáver era bañado y ungido con perfumes, coronado de flores y vestido con sus mejores galas y era paseado en procesión. Los ciudadanos, los hombres libres, le acompañaban vestidos de negro a su última morada.

Muchos, en honor a los muertos, se afeitaban el cabello o se quitaban la barba, mientras las mujeres seguían de cerca los acontecimientos dando grandes gritos y golpeándose el pecho.

El luto ciudadano duraba tres días, y al cabo de ese tiempo los muertos se llevaban en andas a través de las calles y en la tumba se dejaban ramos de flores y ramas de ciprés. Luego tenía lugar un banquete fúnebre.

La muerte del hombre justo no era asunto privado, pertenecía a la ciudad. Hubo la convicción de que el deber de dar enterramiento al muerto en casos heroicos trascendía el ámbito de la familia, y que la necesidad de perpetuar su culto en torno a la tumba debía ser tomado por la autoridad.

A este respecto son numerosas las alusiones en los escritos más antiguos de Herodoto. No bastaba con cubrir el cuerpo del difunto con la tierra familiar, sino que era necesario observar los ritos y pronunciar las consabidas fórmulas fúnebres.

Estas creencias, aunque empezaron a flaquear entre la elite erudita de los filósofos, nunca perdieron vigor entre las capas populares. Por eso, tras una victoria naval griega, los soldados, extraídos de entre la gente sencilla, como la que componía la marinería, dieron muerte a sus jefes y generales por haber permitido que se arrojara al mar los cuerpos de sus compañeros muertos.

Por eso, a partir de aquellos hechos, el Estado se hizo cargo de las honras fúnebres y en el transcurso del tiempo los muertos de la polis, de la ciudad, se consideraban seres santificados. A ellos se dirigían los mortales con epítetos parecidos a los que hoy utilizamos para la santidad.

En el fondo del alma popular, de sus creencias íntimas, cada uno de estos muertos era un dios cuya presencia era advertida por el fuego sagrado. Desgraciada la ciudad donde se apagaba. En el altar dedicado a los muertos públicos flameaba el fuego con un penetrante olor a cedro y a tuya.

Ese fuego no podía ser alimentado con cualquier materia. No se podían arrojar a él cosa alguna impura, ni realizarse frente a su llama actos torpes. Marzo era el mes en que se renovaba el fuego sagrado y se dirigían preces a los muertos ilustres, y se confiaba a su poder la consecución de la salud y la riqueza.

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