quién inventó el ventilador industrial

Las evidencias apuntan a que el principio del ventilador, utilizado para la aireación de espacios cerrados, sería una derivación lógica del antiquísimo moli­no de viento y de las turbinas, que se remontan al siglo XVIII. En CurioSfera-Historia.com, te explicamos quién inventó el ventilador industrial, cuál es su origen, su historia y cómo ha sido su evolución en el tiempo.

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Origen del ventilador industrial

Por una paradoja de la historia nos encontramos con que a mediados del siglo XIX, momento en que la ventilación de los locales públicos, salas de espectáculos y talleres representaba ya un problema de envergadura.

A nadie se le pasó por la cabeza que un aparato tan sencillo (unas simples palas insertas en un eje rotatorio) podía servir tanto para evacuar el aire viciado como para introducir aire fresco.

Uno de los lugares que con más urgencia clamaban por un sistema de ventilación eran las minas. En sus entrañas, incluso a poca profundidad, el aire se hacía pronto irrespirable. Y ya desde el siglo XVIII, se concibieron y se pusieron en funcionamiento bom­bas de aireación. Estas inyectaban aire fresco dentro de las minas a una profundidad máxima de unos 500 m.

Desde luego era mejor que nada. Pero el mediocre rendimiento de estas bombas, (la inyección de aire, de hecho, distaba mucho de ser suficiente para renovar el aire), se buscó alguna solución sustitutoria y durante algún tiempo se creyó haberla encontrado encendiendo hogueras en la boca de los pozos, ya que generaban una corriente de aire.

Pero desde luego no era la solución más apropiada para las minas de carbón donde el grisú, responsable de innumerables y mortíferas explosiones, constituía una amenaza siempre presente.

Antecesores del ventilador

En 1838 el francés Charles Com­bes publicó el primer análisis científico del problema. En el cual se deducía, que primero era preciso evacuar el aire de las minas y que la circulación del aire debía establecerse en sentido ascensional, de abajo hacia arriba, por medio de chimeneas estancas especiales excavadas en vivo.

Desde 1820, se venían empleando los denominados ventiladores volumigénicos para la ai­reación de las minas. Se trataba en realidad de unas bombas que comprimían el aire dentro de la mina para facilitar su evacuación.

El rendimiento de los ventiladores volumigénicos dejaba bastante que desear. Aparte de sus enojosas dimensiones, presentaban el grave inconveniente de que en caso de avería podían bloquear la ventilación de la mina.

Quién inventó el ventilador industrial

La solución llegó finalmente en 1858, cuando el francés Théophile Guibal inventó un ventila­dor dinámico provisto de paletas envueltas.

Este situado dentro de una cámara estanca, captaba el aire de las minas a través de una chimenea y a continuación lo expulsaba al exterior. Fue adoptado inmediatamente en las minas de todo el mundo.

Veinte años más tarde, en 1878 el fran­cés Louis Ser publicó la primera teoría analítica de los ventiladores, deducida de la mecánica de los fluidos.

Es interesante observar que la utilización del ventilador de palas para la aireación de las minas había sido preco­nizado desde 1553 por el alemán Georg Baurer, más conocido por su nombre latino de Georgius Agrícola. El aparato utilizado por Agrícola era accionado manualmente.

Por qué era necesario ventilar los recintos

En los años que siguieron, y durante siglos, se discutieron las razones por las que era necesario ventilar los locales. Unos argumentaban que el enrarecimiento del aire obedecía al calor, otros lo achacaban al espacio.

En 1777 Lavoisier sugirió que la causa era un aumento del anhídrido carbónico en los locales ocupados. Pero el alemán Max Joseph von Pettenkofer demos­tró en 1863 que éste representaba una proporción irrelevante (entre un 0,003% y un 0,05%) para explicar los resultados observados, y que el empo­brecimiento correspondiente en oxígeno era de un 1%, igualmente insuficiente por tanto para explicar la necesidad de ventilación.

Hacia 1885, el médico francés Charles Edmond Brown-Séquard propuso la teoría (que tan extraña nos resulta hoy en día) de que los efectos perjudiciales del aire estancado eran provocados por lo que denominó “antropotoxinas” o materia morbífica, concepto que recuerda los famosos “miasmas” a los que sus colegas habían atribuido, antes de los estudios definitivos de Pasteur, la propagación de las enfermedades contagiosas.

La explicación definitiva no llegaría hasta comienzos del siglo XIX, cuando el alemán Karl Flügge demostró que los efectos nefastos de la falta de aireación se derivan de una inhibición de la perdi­da natural de calor del cuerpo humano.

Flügge es más conocido sin embargo por haber definido las gotitas que llevan su nombre (las gotitas de Flügge) que son minúsculas gotas de saliva que se evaporan normalmente en el aire al hablar y que portan gérmenes suscepti­bles de trasmitirse al interlocutor.

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