origen del chicle masticable

Delicioso para algunos, molesto para otros, el chicle tiene cientos de años de antigüedad. En CurioSfera-Historia.com, te explicamos su origen, quién inventó el chicle, y su historia. Un paseo por el tiempo para conocer con todo detalle la historia de la goma de mascar.

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Origen del chicle

La historia nos indica, que el origen del chicle lo podemos encontrar en el antiguo Egipto y en la antigua Grecia. Incluso en la prehistoria, se sabe que ya se mascaba directamente plantas y resinas de árboles con propiedades medicinales.

¿Cuál es el origen del chicle?

En cambio, el origen del chicle moderno, se halla en las selvas de la zona del norte de Centroamérica y el sureste de México.

En concreto, en un área denominada el Gran Petén, donde surgió la cultura Maya hace ya más de dos mil años.

Fueron precisamente los Mayas, los que iniciaron la recolección de uno de los árboles más abundantes en la zona, el chicozapote. Lo hacían realizando cortes en la corteza en forma de “Z”, para que brotara la sabía que era recogida en unos cuencos colocados en la base del árbol.

Después de un sencillo proceso de secado, se obtenía una especie de goma masticable, que era empleado para limpiar la boca y los dientes. También para “engañar” el estómago en los rituales de ayuno.

El nombre que recibió fue sicte, cuyo significado es fluido vital o sangre. Al poco tiempo lo utilizaron para comerciar con otros pueblos mesoamericanos.

Quién inventó el chicle

Según los historiadores, no se sabe exactamente quién es el inventor del chicle, sino que existen varias teorías al respecto. Por ejemplo: en el año 1848, aparece el denominado «State of Maine Pure Spruce Gum» inventado por John Curtis.

¿Cómo se inventó el chicle?
Thomas Adams y El General Santa Anna, ambos considerados padre de la goma de mascar.

La segunda teoría, nos dice que fue el mexicano Antonio López de Santa Ana quien en 1860, dio pie a su comercialización. El chicle no es invento sino un descubrimiento o hallazgo, ya que se encuentra en la naturaleza.

El general Santa Ana, había jugado un papel importante en las guerras que sostuvo México contra Estados Unidos, con el dramático resultado de la pérdida de los territorios que forman los actuales estados de Texas, Nuevo México, Arizona y otros.

Por esas piruetas que tiene la Historia, Santa Ana terminó viviendo en Nueva York, en Staten Island. A su exilio dorado se llevó uno de sus vicios favoritos: la goma de mascar o chicle, que no es la savia lechosa y seca de la sapodilla, árbol conocido por los aztecas como chitcli, de donde proviene el nombre.

Esta simple resina insípida, que atrajo la curiosidad de Thomas Adams, fotógrafo neoyorquino amigo de Santa Ana. Adams, importó gran cantidad de aquella materia resinosa para convertirla en caucho sintético de bajo precio.

Como no lo consiguió y no sabía qué hacer con aquella cantidad de chitcli importado de México, recordando el uso que Santa Ana le había dado, se decidió a hacer lo mismo: mascarlo él y su hijo Horacio Adams, y tanto llegó a gustarles que decidieron lanzarlo al mercado, como sustituto de la pastilla de parafina masticable que por entonces se vendía para calmar la ansiedad, aplacar los nervios y ocupar a los hiperactivos en algo.

Por último, la tercera teoría indica que en diciembre de 1869, William F. Semple patentó esta goma de mascar, por lo que también se le atribuye el mérito de inventar el chicle.

Historia del chicle

Los primeros chicles carecían de sabor. Tenían forma de bolitas y comenzaron a venderse en un drugstore de Nueva Jersey en febrero de 1871, al precio de un centavo la unidad, en pequeñas cajas que decían: Adams New York Gum.

¿Por qué se creó el chicle?

Su hijo Horacio, promocionó la venta en la costa atlántica de Estados Unidos y no tardó el chicle en desbancar a las pastillas de parafina.

El nuevo producto, ofrecía a la inquieta gente americana un remedio contra el nerviosismo.

Aunque al principio se vendía en pequeñas bolas, no tardó en comercializarse también en tiras largas y delgadas, que el propio tendero cortaba a gusto del cliente. Era un chicle tan duro que obligaba a las mandíbulas a trabajar, a ejercitar los músculos permitiendo así un relajamiento general.

Pero seguía siendo un producto insípido, y lo fue hasta el año 1875, en que al farmacéutico John Colgan, se le ocurrió aromatizarlo utilizando bálsamo medicinal de tolú. Era resina aromática usada en la confección de jarabes contra la tos que Colgan llamó Taffy-tolú.

Ante aquella innovación Thomas Adams, impulsor del uso masivo del chicle, lanzó al mercado su versión del chicle con aroma utilizando la goma de sasafrás y luego la esencia de regaliz. Poco después apareció el rey de los sabores: la menta, lanzado al mercado por un fabricante de Ohio.

La creciente aceptación del nuevo producto, llevó a Thomas Adams a inventar la máquina expendedora de chicle que instaló en todas partes. Con esto se distribuyó de forma masiva su bola tutti frutti en los andenes del metro neoyorquino.

El triunfo definitivo del chicle, vino con un ingenioso fabricante: William Wrigley y su Spearmint. En 1915, este personaje tuvo una idea publicitaria genial. Como a todo el mundo le encanta recibir algo por nada, envió a todos los americanos con teléfono cuatro pastillas de su chicle predilecto, en total seis millones de pastillas. Con ello, el éxito del chicle estaba asegurado.

Etimología de la palabra chicle

En cuanto a la palabra chicle, es un término procedente del náhuatl: de tzictli, nombre con el que aparece ya en las obras de Bernardino de Sahagún en 1532. En 1780, el jesuita mexicano Francisco Javier Clavijero, en su Historia antigua de México, emplea el término.

¿Qué significa la palabra chicle y de dónde proviene?

Esta sustancia tiene un ilustre precedente: el chapapotlio chicle prieto, es decir, negro, siendo su uso más notable como limpiador o blanqueador de dientes.

Para convertir aquella sustancia más bien dura en materia masticable, se mezclaba con el axín o aje, especie de ungüento amarillo muy blando y cálido que producen algunos árboles.

Francisco Ximénez, en Cuatro libros de la naturaleza de Nueva España (1615) escribe sobre el chapapote:

“Hay dos maneras de este betún: el uno es con el que se mezcla la resina olorosa que se mete en los cañutos con que dan buen olor; el otro es de la pez que mascan las mujeres… en sus casas, aunque las que son públicas y sin vergüenza lo andan mascando en todas partes sonando las dentelladas como castañetas… para que no les hieda la boca. Véndenlo a vilísimo precio porque es mucha la abundancia que en la costa de la Nueva España se halla; cómpranlo las damas mexicanas para mascarlo y traerlo en la boca con gusto particular porque limpia y conforta los dientes y los vuelve blancos.”

Un siglo antes, como decimos arriba, Bernardino de Sahagún lo describe en su Historia general de las cosas de la Nueva España:

“El chapaputli es un betún que sale de la mar y es como la pez de Castilla que fácilmente se deshace y el mar lo echa de sí como las hondas… es oloroso y apreciado entre las mujeres… tráenlo en la boca para que no les hieda y cuando se echa en el fuego su olor se derrama lejos.”

Masticarlo en público estaba mal visto: la gente decente lo hacía en privado, tanto que se tachaba de pública a la mujer que lo hacía en la calle o la plaza; tampoco el hombre de calidad se atrevía a masticar este chicle en público, y si lo hacía podía ser confundido con los bujarrones o amigos del pecado nefando.

A pesar de este antecedente, el Diccionario oficial no recogió el vocablo en su edición de 1899. Fue el inglés, en sus Suplementos de Oxford, la lengua que hizo suyo el viejo término, puesto en circulación internacional por la industria norteamericana.

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